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Piel de elefante Ignacio Camacho

Ignacio Camacho - Actualizado: Guardado en:

La gran aspiración política de Mariano Rajoy ha sido siempre la de erigirse en una referencia de estabilidad frente a la incertidumbre. Un valor fiable, seguro, de confianza, con el que compensar su falta de carisma y su talante gris plomizo. Su ideal de liderazgo no es el del tribuno brillante ni el del caudillo arrollador sino el del hombre al que cualquiera compraría un coche usado o confiaría las llaves de su piso. El presidente nunca será, ni lo pretende, un prestidigitador de soluciones ni un seductor de masas; su fortaleza es la de los valores burgueses, la de la tradición de clase media. Consistencia, moderación, equilibrio.

Ése es exactamente el papel que al fin ha visto reconocido en Berlín con un notable espaldarazo diplomático. En medio de la pujante crecida de la demagogia gamberra, Rajoy ha comparecido entre los líderes europeos como un dique de templanza ante el oleaje de la antipolítica y del populismo. Los demás interlocutores de la cumbre del viernes están amenazados en mayor o menor medida. Obama viene de despedida, zarandeado por un huracán de aventurerismo; Hollande siente en la nuca el aliento de Marine Le Pen; Renzi se la juega en un referéndum con malas perspectivas; May es una capitana improvisada bajo una deriva aislacionista y Merkel duda si optar a la reelección, desgastada por sus errores de cálculos en la crisis de los refugiados sirios. De repente, Mariano el soso, Mariano el cuestionado, Mariano el mediocre, se ha convertido entre sus colegas en un gobernante envidiado. Está en minoría pero tiene el sillón y es su mano la que aprieta los botones del cuadro de mandos. La estrategia del trantrán le ha funcionado.

Los elogios de la canciller alemana –«tienes la piel de elefante»– habrán satisfecho su escondido ego, pero sobre todo representan un capital estratégico que trasciende ese minuto de gloria efímera. Merkel ha sido ungida por Obama como cabeza de serie occidental ante la incógnita de Trump; al menos hasta que el imprevisible magnate decante sus prioridades geopolíticas, ella es la lideresa del mundo libre. Y su palabra tiene valor decisivo en Europa, donde Rajoy necesita un respiro de control financiero, una dosis de criterio flexible. La antigua ama de llaves de la austeridad, la autora intelectual del ajuste que abrasó al Gobierno español, es ahora la que puede otorgarle en Bruselas el margen de tolerancia presupuestaria imprescindible.

Ironías de la vida. España, el problema europeo, se ha transformado en valor de referencia, en aliado estable, en categoría fija. De nuevo el célebre inmovilismo marianista ha avanzado a base de resistencia pasiva. Dentro y fuera, es el mundo el que se mueve a su alrededor; a él le basta con atornillarse a sí mismo y conservar, plantado en el sitio, la posición de partida. El mal menor: una suerte de teoría conservadora de la relatividad política.

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