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Un partido partido José María Carrascal

El problema de momento en España no es si tiene o no gobierno, que lo tiene, aunque sea en funciones, sino el PSOE, donde reina el caos

Cuando el viernes me preguntaba si el embrollo en el PSOE iba a resolverse a bofetadas, era naturalmente de broma. Pero empellones los hubo ante la sede socialista, junto a insultos de todo tipo destinados a los críticos que acudían a votar en el Comité Federal. Dentro, la cosa no estaba mucho mejor, con recogida de firmas para una moción de censura contra el secretario general y sus partidarios votando en una urna sin control alguno. Tras once horas de forcejeos, se votó a mano alzada si se aceptaba el Congreso propuesto por Pedro Sánchez, y fue rechazado por 133 votos contra 107, no quedándole otro remedio que dimitir. Esto es lo que ha conseguido con su «no, no, no» a Rajoy y su tozudez en montar un «gobierno alternativo» que sonaba a ficción más que a realidad. ¿Cómo iba a gobernar España si no ara capaz de gobernar su propio partido? Aunque le queda la opción de recobrar su cargo presentándose a las primarias para elegir nuevo secretario general cuando lo decida el comité federal que designe la nueva gestora. O sea, que queda el rabo por desollar.

El problema de momento en España no es si tiene o no gobierno, que lo tiene, aunque sea en funciones, sino el PSOE, donde reina el caos. Y no es culpa sólo de Sánchez. También a sus críticos les toca buena parte de ella, al haberle dejado tomar una deriva que incluso un ciego veía les llevaba al precipicio: ¿quién no se daba cuenta de que Podemos y Ciudadanos no pegaban ni con cola? ¿O que aliarse con unos nacionalistas tornados ya separatistas no llevaba a ninguna parte, mejor dicho, llevaba a romper España? Pero no quisieron verlo. Prefirieron dejar que Pedrito se estrellase sin mancharse ellos las manos de sangre. Pero Pedrito les ha obligado a retratarse: a elegir entre él y Rajoy, algo que les aterrorizaba. Aunque al final han tenido que hacerlo para evitar unas nuevas elecciones, catastróficas para ellos.

La culpa principal, desde luego, es de Pedro Sánchez. Su odio a Rajoy es tal que estaba dispuesto a vender su partido a un Podemos, que se relamía con la idea de engullirlo, su primer objetivo antes de medirse con el PP, como Iglesias ha anunciado más de una vez. Aunque también Iglesias tiene sus problemas, pero éste no es el momento de enumerarlos. El problema era Pedro Sánchez. ¿A qué se debe su odio a Rajoy? Pienso que a los revolcones que le ha dado cuantas veces se han medido electoralmente, a los que se ha unido el que acaba de sufrir a mano de sus propios correligionarios. Únanle una ambición desmesurada, una inteligencia mediocre y un partido que le dejó hacer lo que le dio la gana, y tendrán el formidable lío en que están metidos. Estamos, mejor dicho, porque aún no hemos salido de él. Pero hemos dejado atrás su mayor escollo.

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