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El pánico en Europa Hermann Tertsch

Entramos en momentos históricos de mucha verdad. Porque la primera verdad puede ser el colapso de la UE

El pánico ha sido genuino entre los gobernantes europeos. Lo único genuino en ellos, que dirían muchos. Ha ganado Donald Trump, al que ya habían insultado antes de las elecciones para ganarse el aplauso de los coros de la corrección política de Europa. Entonando la política con el periodismo, todos juntos al unísono el "Trump, caca, culo, pedo, pis". ¡Qué bien se han sentido todos como miembros de la gran familia anti Trump! Pocos han sido capaces de felicitar al ganador sin meter alguna impertinencia en su mensaje. Aunque pusieran en peligro las relaciones de sus respectivos países con la máxima potencia mundial. Esa potencia que les protege militarmente y les ahorra invertir en defensa unas fortunas con las que ellos compran servicios para que sus ciudadanos los reelijan a ellos. Ya da igual porque esto no va a durar. Entramos en momentos históricos de mucha verdad. Como no los ha habido desde la II Guerra Mundial. De ahí el pánico de los líderes europeos. Pánico a la verdad. Porque la primera verdad puede ser el colapso de la UE. Sabíamos que tiene grandes fallas, no solo en el euro, que amenazan con ser letales para todo el proyecto. Y carecemos de los líderes necesarios.

Los partidos democráticos se han secado o podrido. De ellos no surgen ya dirigentes capaces de imponer una visión y liberarse de las esclavitudes de la mediocridad decretada en el juego interno político. La única figura en los últimos tres lustros que reunía las condiciones de un sólido poder nacional y una posición no cuestionada, era Angela Merkel. Se estrelló estrepitosamente. No hay nadie. Nadie tiene criterio, voluntad y fuerza suficientes para elevarse por encima de las cada vez más densas nieblas paralizantes de la convención ideológica, de la tiranía burocrática y reguladora y el pretencioso despotismo de los gobernantes. Y dirigir el retorno de nuestras sociedades a los dictados de la racionalidad, del sentido común, de la verdad y de la ley.

Sería lo único que pueda salvar a lo que fue un proyecto de inmenso éxito y la comunidad de derecho más próspera y compasiva del mundo de su hundimiento en la irrelevancia, la marginalidad, la disolución y, probablemente, el caos. El ocaso de Merkel llegó precisamente cuando atentó contra la racionalidad y, sobre todo, contra la ley. En septiembre de 2015, con su decisión de derribar las fronteras ante los refugiados. Se impuso por la fuerza la violación de la ley y se demonizó al único con coraje para defenderla, el húngaro Victor Orban. Desde entonces el naufragio no es posible ni probable, está anunciado. El terremoto político en EE.UU. expone con toda crudeza nuestra profunda decrepitud en el viejo continente, el miedo de una aristocracia paralizada propia de viejo régimen.

Ahora es cuando la UE, convertida en la consumación de la idea socialdemócrata de la redistribución despótica amable, parece irrevocablemente condenada a muerte por desafección. La caída del andamiaje de hipocresía, doble lenguaje y vara de medir de Hillary Clinton y Barack Obama abre las posibilidades. Y no para imponer dictaduras soviéticas ni miserias bolivarianas. Sino para reinstaurar el imperio de la ley y el sentido común, el de Tom Paine. Quizás aun tarde unos años en darse, como tardó en prender a este lado del Atlántico la chispa de "La democracia en América" que trajo Tocqueville en el XIX. El pánico cunde entre quienes se saben incapaces de hacer las reformas para el nuevo proyecto que necesariamente habrá de ser distinto. Pero no peor, ni menos libre. Sino basado en la racionalidad, la libertad y la verdad esos tres pilares que el viejo proyecto, ahíto de ideología e intereses creados, ha olvidado.

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