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Pancho Sánchez Ignacio Camacho

Todo el imaginario épico de la emancipación nacional y el destino manifiesto es un diáfano ejemplo de ilusionismo mítico

Pancho Sánchez

El conflicto de secesión de Cataluña ha sido descrito como un golpe institucional, una sedición y hasta un proceso revolucionario. Términos más o menos exactos que en todo caso aluden al carácter esencial de la insurrección como desafío a la legalidad del Estado democrático. Hay sin embargo en el procés otra dimensión, menos flagrante y perentoria, que tiene que ver con el plano intelectual y ético. Se trata del enfrentamiento entre la razón y la emoción, entre la mitología y la realidad, entre la verdad y la mentira; una batalla de marcos mentales que está en la base del debate político posmoderno.

Toda la narrativa independentista está cimentada sobre supercherías divulgadas con gran éxito mediante el eficaz manejo de la propaganda. Desde la versión histórica sesgada de la Guerra de Sucesión hasta la fantasía de la postergación contemporánea, desde el "España nos roba" hasta la invención de un sujeto comunitario provisto de identidad soberana. Bulos, invenciones, patrañas; paparruchas, como le gusta decir a Juan Manuel de Prada. Consignas tan elocuentes como falsas cuyo poder de penetración ha seducido hasta a ese ignorante progresismo internacional que llama, como Assange, Pancho Sánchez a Sancho Panza.

Con esa semántica halagadora y mendaz, los soberanistas han levantado su discurso emotivo. Maestros de la posverdad, la gran herramienta persuasiva del populismo. El nacionalismo es una construcción de neta índole populista: un relato sentimental de ensimismamiento supremacista, nutrido de falacias, que apela al núcleo de las reacciones viscerales humanas: al instinto. Su capacidad de movilización de masas, patente en las sucesivas Diadas, responde al manejo competente de los resortes colectivos, aquellos que logran que las coreografías de multitudes agitadas suplanten –mediante lo que Sloterdijk llama "cultura de estadio"– la conciencia del individuo. Todo el imaginario épico de la emancipación nacional, del destino manifiesto y del pueblo oprimido, constituye un diáfano ejemplo de ilusionismo mítico. Un compendio de ficciones tentadoras y de magnéticos símbolos, capaces de imponerse en la opinión pública por su indiscutible aliento sugestivo.

Sobra decir que el éxito de esa posverdad catalana es el fracaso de la razón española. La hegemonía del infundio nacionalista ha sido posible por el desistimiento del Estado ante el esfuerzo de contraponer una pedagogía objetiva para desarmar las trolas. Las armas de intoxicación masiva de la Generalitat han arrasado la mentalidad crítica de la sociedad, incluida la de las élites que presumían de formación avanzada y prestigiosa. Sin encontrar el mínimo antagonismo ni la mínima respuesta. Ahora es tarde para discutir, tarde para refutar, tarde para combatir las leyendas. La certeza democrática se ha quedado sin tiempo para otra defensa que la de la autoridad y, tal vez, la fuerza.

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