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Uno de los nuestros Luis Ventoso

¿Habremos sobrevalorado a Susana Díaz?

Luis Ventoso - Actualizado: Guardado en:

Tras la lección de firmeza moral de Susana Díaz ante el bochornoso enroscamiento de Barberá en su escaño-fondo de pensión, dábamos por hecho que iba a mostrar idéntico nervio ético para denunciar a Griñán y Chaves. La justicia sitúa al dúo, uno de ellos el padrino político de Díaz, como cabezas de una red de socialistas pícaros que guindaron 740 millones de euros a los parados andaluces (o como dicen todavía muchos de nuestros abuelos, que se irán al cielo fieles a la rubia, la trama se llevó 120.000 millones de pesetas). Pero si los del latrocinio son de los nuestros, el aliento moralizante se desvanece: «Creo firmemente en la honradez y honestidad tanto de Pepe Griñán como de Manuel Chaves», enfatizó ayer solemne la presidenta de la Junta, que heredó el cargo de Pepe, el honrado-honesto para el que el fiscal pide seis años de trena.

Tras escuchar a Díaz aplicando una doble vara de medir sectaria para defender lo indefendible, me quedé pensando en cuáles son sus cualidades reales, por qué la hemos convertido en la gran esperanza del socialismo español, la líder que será capaz de sacar al PSOE de los pagos de extremismo e irrelevancia por donde transita con Sánchez. Creo que la respuesta radica en el propio problema del PSOE: tras la degradación del zapaterismo, su reparto de estrella es tan flojo que cualquier atisbo de sentido común se convierte en una descollante novedad. El líder actual, de ínfima categoría política y personal, es el fenómeno que ha entregado los ayuntamientos al populismo comunista, que sueña con Gobernar con ellos y los separatistas, que propugna una reforma federal que ni él entiende. La empanada en Ferraz es tal que algo tan elemental como defender la idea de España y plantarse ante los separatistas te convierte en un raro asombro, un estadista. Y ahí toca reconocer que Díaz cumple, pues si bien acepta formalmente la indescifrable ensaimada federalista, al menos se muestra patriota y parece dispuesta a plantarse ante los sediciosos.

Sus cualidades no se agotan ahí. Posee gracejo coloquial -quizá hasta demasiado coloquial-, comunica con intensidad y llega al público. Además, es muy trabajadora y va sobrada de amor propio. ¿Pero realmente está al nivel de lo que demanda la presidencia de España? ¿Alguien pensaría en ella para tan alta magistratura si no nos hubiésemos sumergido en esa sima apellidada Sánchez? Nada hay de brillante en su gestión en la Junta, donde se mueve en el tópico y con una producción legislativa baja. Tampoco la adorna una formación muy sólida (aunque sí extensa: la mítica carrera de derecho en diez años). No se le conoce un recetario económico serio. Sus resultados electorales no han sido para echar cohetes (tratándose de una candidata saludada como una gran brisa de aire fresco al final hizo un Mariano). Por último, sus pellizcos de monja al insufrible Sánchez, sin que se atreva a actuar en serio para descabalgarlo, muestran inseguridad para jugar fuera de canchas cómodas.

Los socialistas de buena fe que quieran arreglar su partido y ayudar a España tal vez deberían ampliar el casting. Recuerdo que no hace demasiado la próxima presidenta se iba a apellidar… ¡Chacón!.

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