Nostalgia de la Guerra Fría

Todavía sueño con un Berlín en el que uno podía cruzarse con un espía oculto tras una gabardina y unas gafas oscuras

Pedro García Cuartango
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Jamás olvidaré aquel lluvioso día del otoño de 1979 en el que crucé al otro lado. El Checkpoint Charlie se hallaba en la Friedrichstrasse. Había una barrera y dos casetas prefabricadas como las de cualquier obra. En una estaba la aduana francesa. En la otra, la temida Policía de la Alemania Oriental de Honecker y su Stasi.

Un gendarme negro, que ni siquiera me pidió el pasaporte, se rió de mí y me aconsejó que no perdiera mi tiempo en aquel Berlín triste y gris, cuyas casas reflejaban todavía los impactos de los proyectiles. No le hice caso y me dirigí por un estrecho pasillo a la caseta de la Volkspolizei. Un agente me miró minuciosamente y me preguntó por qué quería pasar la frontera. Tras más de media hora de espera, me dejaron cruzar con la advertencia de que la autorización expiraba a la medianoche. También me hicieron cambiar diez marcos de la RFA por otros diez de la RDA, que me bastaron para tomar una copa de Tokai en la torre giratoria de Alexander Platz.

La tarde se había tornado inclemente, con una fina capa de neblina que lo envolvía todo. Caminé durante tres horas por una ciudad vacía y desolada, en la que sólo pude ver a jóvenes con bolsas de deporte y a viejas cubiertas con pañuelo que paseaban bajo un paraguas. Entré en un lóbrego bar, iluminado por una luz mortecina, a pedir una cerveza y tuve la sensación de que los escasos parroquianos me miraban con una mezcla de curiosidad y desconfianza.

Finalmente volví al Checkpoint Charlie a las doce menos cinco y no pude evitar una sensación de alivio al cruzar al lado occidental. Cogí un taxi y me fui al hotel, plagado de ejecutivos que bebían whisky y que buscaban compañía por los cabarets cercanos a la Kurfürstendamm.

He vuelto a sentir nostalgia por aquel Berlín en el que todavía la Postdamer Platz era un gran solar vacío con charcos mientras leía El legado de los espías, la novela recién aparecida de John le Carré. Narra una compleja trama, ubicada en los años 70, en la que George Smiley y los suyos intentan convertir en agente doble a uno de los jefes de la Stassi.

Le Carré recrea un mundo de espías con micrófonos ocultos, pasaportes falsos, heroísmo y misiones suicidas para combatir al enemigo. Al final, un envejecido Smiley se pregunta si valió la pena y si acaso ellos eran mejores que el mal que combatían. La pregunta carece de respuesta pero resulta inevitable añorar esa época en la que las diferencias entre los buenos y los malos parecían tan nítidas.

Hoy nos queda la nostalgia de aquella Guerra Fría en la que el fantasma de una conflagración nuclear nos hacía temblar. Pero allí estaban los hombres como Smiley que se movían entre las sombras para protegernos de los poderes maléficos. Todavía sueño con un Berlín difuminado por la niebla y en el que, a la vuelta de cualquier esquina, uno podía cruzarse con un espía oculto tras una gabardina y unas gafas oscuras.

Pedro García CuartangoPedro García CuartangoArticulista de OpiniónPedro García Cuartango