Luis Ventoso

Nacionalpatochadas

El secesionismo catalán, como el Brexit, es un tiro al pie. Y duele

Luis Ventoso
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EL nacionalismo provocó las dos mayores matanzas de la historia. La carnicería entre imperios comatosos de la Primera Guerra Mundial y el auge de los totalitarismos que dieron lugar a la Segunda, con dos hitos de horror insuperables: los crematorios nazis y la invención de la única tecnología capaz de borrarnos del planeta, la bomba atómica. Tras tales espantos, el nacionalismo debería haber sido arrojado a la sima más honda de los océanos morales (encerrado en un contenedor blindado y destruyendo la llave). Pero el ser humano, falible, a veces directamente bobalicón, no escarmienta. En cuanto llega un tsunami económico, y el de 2008 lo fue, salen de su cueva chamanes milagreros envueltos en su bandera, profetas del propio ombligo, que prometen conjurar todo mal levantando muros contra los vecinos, cultivando un orgullo enfermizo, proclamando pueblos elegidos. Si se da la desgracia de que el demagogo tiene dinero para una campaña de propaganda intensa, el suflé crece. Si el rodillo propagandístico se aplica desde un poder torticero y corrupto, como en Cataluña, el problema se desborda.

El mecanismo descrito ha operado en dos territorios de la Europa más próspera: Inglaterra y Cataluña. El alocado Brexit y la chaladura de los sediciosos catalanes comparten argumento: somos los mejores, pero un enemigo exterior nos impide prosperar, así que rompamos con él, declaremos el Día de la Independencia y arribaremos al paraíso de la leche y la miel. Para los brexiteros el ogro era Bruselas. Para los feligreses de Junqueras y Forcadell, la España ladrona, que exprime el tuétano a un pueblo muy superior a ella. El Brexit fue la versión civilizada, estrictamente por cauces legales. El separatismo catalán ha tuneado el envite con perfiles bananeros y chabacanos, saltándose la legalidad para incurrir en un golpe de Estado. Pero ambos arrebatos guardan concomitancias. Los dos endilgaron a su grey espectaculares trolas económicas. Los dos pagan la pataleta xenófoba con sus bolsillos. El Reino Unido y Cataluña han creado problemas donde no existían. Han elegido empuñar la pistola de asco al vecino para pegarse un tiro en el pie. Los británicos ven cómo los primeros bancos dejan la City para mudarse al continente. Significativamente, el mismo día que Goldman hacía las maletas de Londres a Fráncfort dejaban Barcelona el Sabadell y Caixabank, aterrados por las fugas de depósitos que les ha provocado la obcecación separatista, cuya víctima letal no sería España, no se confundan, sino la propia Cataluña. El Reino Unido padece un Gobierno débil y a la greña, la fiesta inmobiliaria de Londres se acaba, el supermercado se ha encarecido y también las vacaciones, la devaluación de la divisa ha disparado la inflación, el crecimiento se estanca. Una maravilla el Brexit. Para Cataluña el pronóstico será infinitamente peor si los golpistas no vuelven raudo a la cordura (o si el Estado no los mete ya en vereda). Quien se acuesta con iluminados, meado se levanta. Tal podría ser el glorioso epitafio de los dos grandes Días de la Independencia.

(PD: acudan mañana a la manifestación de Barcelona, hay días en que la dignidad privada necesita ser vista en público).

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