Ramón Pérez-Maura

Un mito crístico

El Che fue un hombre que con veintiún años ya se creía el centro del universo y que, incapaz de amoldar el mundo a la visión que él tenía de lo que debía ser, optó por buscar la muerte con la anuencia de algunos de sus anteriores compañeros de armas

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«Sé lo que te quiero y cuánto te quiero, pero no puedo sacrificar mi libertad interior por vos; es sacrificarme a mí, y yo soy lo más importante que hay en el mundo»

De la carta de despedida de Ernesto Guevara a su novia Chichina Ferreyra, 5 de diciembre de 1951

Tenemos dicho que el siglo XX nos aportó una buena dosis de utopías sangrientas. La mayor parte de ellas han sido condenadas por la mayoría de la opinión pública occidental. Sus principales protagonista –Hitler, Lenin, Stalin, Mussolini, Sadam, Pol Pot– han sido relegados a los albañales de la historia. Mas uno de ellos ha logrado sobrevivir a su época y muerte y convertirse hogaño en un mito crístico que todavía hoy sirve para ilustrar pancartas blandidas en las manifestaciones callejeras de nuestra izquierda: Che Guevara.

El Che fue un hombre que con veintiún años ya se creía el centro del universo y que, incapaz de amoldar el mundo a la visión que él tenía de lo que debía ser, optó por buscar la muerte con la anuencia de algunos de sus anteriores compañeros de armas. Guevara era un producto de la burguesía argentina, jugador de rugby y golf, aquejado de un asma crónica. Cuando conoce en México, en el verano de 1955, a Fidel Castro e intercambian pareceres, el cubano causa tal impresión en él que Guevara concluye que «valía la pena morir en playa extranjera por un ideal tan puro».

Desde el primer encuentro de ambos queda claro que el Che es comunista convicto y confeso mientras que Fidel no hace profesión de fe marxista leninista hasta diciembre de 1961, casi tres años después del triunfo de la revolución cubana. Hasta entonces, Che Guevara era el valedor en Cuba de la vía comunista soviética. Su paso por el Ministerio de Industria fue una catástrofe inefable, maximizada por el hecho de que bajo su incompetencia quedaba toda la industria azucarera, la telefonía, la producción eléctrica, la minería, la industria ligera… unas 150.000 personas repartidas en 287 empresas estatales.

Su ideario político fue un fracaso estrepitoso. Avergüenza hoy leer sus proclamas como ministro cubano cuando anunciaba en Montevideo, en agosto de 1961, que «la tasa de crecimiento que se da como una cosa bellísima para toda América es de 2,5 por ciento… Nosotros hablamos de 10 por ciento de desarrollo sin miedo alguno… ¿Qué piensa tener Cuba en 1980? Pues un ingreso per capita de 3.000 dólares, más que Estados Unidos actualmente».

Mas a su muerte surgió un mito que nada tenía que ver con su ideario político que parece olvidado. Un mito fomentado por una foto de resonancias crísticas tomada por Alberto Korda en La Habana en 1960, pero publicada después de su muerte. Un retrato casual en el que el rostro del comandante, con sus melenas escapando bajo la boina estelada y sus barbas rebeldes, contrasta con el cielo de fondo. Probablemente una de las fotografías más reproducidas de la Historia, que dio pie al icono cultural que pervive hoy y que nada tiene que ver con el hombre real.