Luis Ventoso - VIDAS EJEMPLARES

Misión cumplida Luis Ventoso

Pedro, Pablo y Albert han confirmado su enorme potencial

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Cuando parecía que España se escurría por el desagüe entre deudas y corruptelas, los seguidores de las cadenas cuatro, cinco y seis jamás perdimos la fe. En las tertulias de desayuno, merienda y cena nos desvelaron una alternativa renovadora y joven, en las antípodas del casposo marianismo, lastre inmundo, que ha provocado que un país casi quebrado sea tres años después el segundo que más crece de la zona euro. Nuestra esperanza se llamaba «Nueva Política», con tres baluartes: Pedro, Pablo y Albert. Algo así como Roosevelt, Attlee y Adenauer, pero en terso y mejorado.

Pedro prometía. A su llegada a Ferraz, se destacó que era joven, guapo, alto, experto en baloncesto y capaz de decir «How are you?» en inglés. ¡Qué tío! Pero además había derrotado en las primarias a uno de los estadistas más eminentes de nuestra fatigada Europa, Edu Madina. Pedro, un concejalillo al que Rubalcaba puso en el fondo de las listas y acabó de diputado de chiripa por la baja de Solbes, destacó pronto. Poseía un programa amplio y profundo (cepillarse la reforma laboral y a Mariano) e incluso bajó de un molinillo eólico en rápel y aguantando la brasa del alpinista Calleja. España ya tenía presidente. Hasta Felipe y Rubalcaba, que ven crecer la hierba, le dieron el ok.

Luego teníamos a Pablo. Gran intelectual –ha visto todos los capítulos de «Juego de Tronos»–, político cosmopolita, merced a sus enjuagues con las dictaduras venezolana e iraní. Comprometidísimo con «la gente», aunque no sabe lo que es dar un palo al agua en una empresa y es hijo de la más cómoda burguesía. Defensor de una ideología a la última (el comunismo). Con saco de dormir en los platós de televisión y un partido limpio y honrado –hasta que se abrió el Monedero–, que nos iba a librar de la «casta» y regalar un sueldo a cada español por rascar la barriga y salir de cañas.

Por último, Albert, el oráculo de la Barceloneta. Un abogado treintañero, oficinista de La Caixa, que una buena mañana se levantó de la piltra y se dio cuenta de que había experimentado una mutación milagrosa: sin haber gestionado en su vida ni un club de calceta, de repente tenía la solución para todos los problemas de España, de la A a la Z. Había nacido la «Nueva Política».

Estos días hay algo de lío. Al bueno de Pedro, la prensa amiga lo tacha ahora de mentiroso, veleta, marrullero y vacío (han tardado dos años en caer del guindo). El jovencito Frankenstein conduce al «Titanic» contra el iceberg a toda máquina, pero Susana todavía deshoja la margarita en su mullido camarote de popa. Al entrañable Pablo, su partido de paz y pachuli se le ha convertido en la casa de las dagas voladoras y paga también su festival de la incompetencia municipal. En cuanto a Albert, el invento se ha quedado en el PPA (Partido del Puente Aéreo), pues solo existe en Madrid y Barcelona. Probablemente ha iniciado un Rosa Díez.

Los Tres Regeneradores lo han bordado: nueve meses sin Gobierno, analfabetismo contable y los mayores astracanes partidistas que se recuerdan. Pero a mí me gusta la Nueva Política. Y también los teletubbies, Heidi, los pitufos… y Pedro Picapiedra, Pablo Mármol y Peter Pan.

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