Mayte Alcaraz

Más cerca del abismo

El CIS no augura nada bueno. #El espejo oscuro está en la Venezuela que ayer volvió a sufrir otra sacudida

Mayte Alcaraz
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Venezuela ha dado un nuevo paso hacia el abismo. El levantamiento militar en la segunda ciudad del país, Valencia, presagia un horizonte escalofriante para una doliente sociedad hermana, con su futuro en manos de un tirano que no habría aprobado ni la ESO española. Un Estado donde faltan papas, paracetamol, compresas y electricidad es un Estado colapsado porque antes faltó un intangible que no llena la nevera pero defiende los derechos de los más débiles: la libertad. A los estómagos no los sacia la democracia ni consuelan a los jugos gástricos las urnas libres, pero sin el respeto al Estado de Derecho la ruina económica y moral es solo cuestión de tiempo. Tenemos que reconocer que si no hubiera sido por las dos grandes orejas del lobo populista que Podemos ha instalado delante de nuestras narices el interés de los medios y de los ciudadanos españoles hubiera sido mucho más débil. Pero precisamente por eso si hay una nación a la que deben sudarle las manos cuando asiste al espectáculo bolivariano es a la nuestra.

Es curioso que las franquicias del chavismo aquí, régimen del que Pablo Iglesias fabricó un embrión de laboratorio llamado Podemos, gasten más tiempo en criticar el interés que despierta Venezuela en la Prensa española que en condenar el asalto a los derechos humanos de Maduro, un estrambote de Chávez al que la justicia internacional tendrá que reclamar los crímenes de lesa humanidad que está cometiendo en su país. Hay un obstáculo moral en Podemos que impide que se ponga del lado de los buenos en esto de Venezuela: los principios ideológicos de su pretendido proyecto refundacional de España son, copiados a mano, de Chávez. De eso va la Constituyente venezolana que Iglesias replicaría magistralmente en la Carrera de San Jerónimo.

El no siempre fino olfato español logró parar por la escuadra el gol populista en las últimas elecciones. Pero el CIS, con la botella de oxígeno aplicada al respirador de Pedro Sánchez y, perdónenme, con la descacharrante buena valoración política de Alberto Garzón, ese neocomunista que llama golpista a un preso político de Maduro, no augura nada bueno. El proyecto autoritario de los amigos del dictador bolivariano sigue en pie en España con un mecánico que está dispuesto a llevarles felizmente a la meta siempre que él, Pedro Sánchez, consiga convertirse en presidente del Gobierno de una España a la que quiere desmigar como si fuera un cuscurro de pan duro.

Estamos ante el espejo oscuro y trágico en el que algunas sociedades se miran cuando el desengaño político les lleva a poner su destino en manos de apóstoles del populismo que empiezan vaciando las neveras y terminan haciendo lo propio con las libertades y la vida de sus ciudadanos. A la vuelta del verano y de lo que ocurra en Cataluña, Sánchez e Iglesias preparan el salto al vacío. E intentarán no mirar ni de reojo a Venezuela o a lo que quede de ella.

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