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Tal vez sea la última vez en que al frente del PP y del PSOE haya sendos supervivientes de la época de los consensos

Ignacio Camacho - Actualizado: Guardado en:

Por primera vez desde que se retiró Rubalcaba, la dirección de los dos partidos dinásticos vuelve a estar en manos de dos hombres de la misma generación y de parecido talante. Maduros, pragmáticos, discretos. Y sesentones. Mariano Rajoy y Javier Fernández comparten una personalidad reservada y prudente, un carácter ajeno a las estridencias y una biografía forjada en la cultura del entendimiento. Son dos políticos de la era analógica, pre-Twitter; dos tipos alérgicos a la trivialidad posmoderna y con bastantes trienios de vida institucional a cuestas. Si hay una posibilidad de desbloquear la crisis, la tienen ellos; tal vez sea la última vez en que al frente del PP y del PSOE haya sendos supervivientes de la época de los consensos.

En esa sintonía existe sin embargo una diferencia esencial: mientras que el presidente manda en sus filas con un liderazgo plenipotenciario y sin fisuras, el jefe de la gestora socialista apenas si posee un poder delegado, provisional y compartido. Es un líder interino con la misión de enfriar los rescoldos de una hoguera de crispación y la prioridad de apaciguar un enfrentamiento de facciones. Un casco azul elegido para mediar con tacto en un conflicto tribal. Tiene autoridad moral, pero escasa autonomía. Su mandato es limitado y en cierto modo vicario; depende de los barones territoriales que lo cooptaron. Pero entre su tarea, además de organizar una transición ordenada hacia el reagrupamiento interno, está el encargo de resolver o encauzar la decisión que ha fracturado el partido. La de consentir -el verbo es suyo- un Gobierno en minoría del PP o lanzarse a las nuevas elecciones como un salto al vacío.

En todo caso, entre Rajoy y Fernández está la última oportunidad -y la primera desde diciembre- de abordar la cuestión mediante un diálogo constructivo. Ambos se hallan en la necesidad de ayudarse mutuamente, acompasando los tiempos sin exigencias, incluso con cierto disimulo. Sin la virulenta implosión del Comité Federal, podrían zanjarlo todo en cinco minutos. Sin embargo el dirigente asturiano ha de moverse con mucha cautela, con el cuidado de no volver a despertar los demonios interiores ni de inflamar la bronca latente. Está sosteniendo una lata de nitroglicerina política y cualquier movimiento mal calculado le hará perder el equilibrio.

No sólo Fernández, sino en cierto modo el país entero es rehén de las trampas que el PSOE se ha hecho a sí mismo. La deriva radical de Sánchez ha creado tal clima de encono que vuelve conflictiva cualquier solución razonable. La gestora necesita más diplomacia para reunir acuerdo interno que para negociar con el adversario; este es el legado del sanchismo. Pero no habrá otra ocasión ni dos interlocutores más apropiados para forjarla. Lo lamentable es que haya llegado un tiempo en que la reconstrucción del mínimo consenso de Estado tenga que parecer un accidente.

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