Don Juan de Borbón nos decía: «Veo a España mal, un poco desgarrada y amenazada en su unidad».
Don Juan de Borbón nos decía: «Veo a España mal, un poco desgarrada y amenazada en su unidad». - EFE
Tribuna Abierta

El lamento de Don Juan

«Si en 1992 hubiésemos hecho caso del lamento de Don Juan no habríamos llegado a esta situación extrema»

MadridActualizado:

EL 1992 fue el del V Centenario del Descubrimiento de América, de la Expo de Sevilla, de los Juegos Olímpicos de Barcelona, de Madrid capital cultural europea y de nuestro país sede de la II Cumbre Iberoamericana. En definitiva, fue el año de España, en el que reafirmamos nuestra unidad política y nuestra lengua común. Sin embargo, el 18 de octubre, cuando todos esos fastos llegaban a su fin, y cinco meses antes de su muerte, Don Juan de Borbón nos decía: «Veo a España mal, un poco desgarrada y amenazada en su unidad». Y tenía motivos para ello porque unos días antes se habían encendido varias luces rojas: la Universidad de Barcelona había eliminado la asignatura de Historia de España de entre las obligatorias para los estudios de periodismo, el ministro de Administraciones Públicas, Eguiagaray, declaraba: «La desagregación territorial de España es un riesgo real», y el presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, decía que «Cataluña está en España pero no es España».

Sí, en ese momento los nacionalistas catalanes ya empezaban a marcar la diferencia entre el ser y el estar y daban a ese «estar» un sentido de provisionalidad, con lo que estaban negando la esencia española de Cataluña. Desde ese lamento del Conde de Barcelona han pasado exactamente 25 años.

Pero, para encontrar la causa de este mal, es preciso remontarse más atrás en el tiempo, a 1978, cuando el Gobierno de Suárez y la UCD sucumbieron a la imposición de los nacionalistas vascos y catalanes e incluyeron en el artículo 2 de la Constitución, junto al término «nación», el de «nacionalidades», que son dos conceptos que se implican y se complican, porque en el mismo territorio y al mismo tiempo no puede hablarse de la unidad de la Nación española y de otras nacionalidades, porque con ello se apunta inexorablemente a que esas «nacionalidades» tengan sus respectivos «Estados».

Entonces, y durante el debate a la totalidad del proyecto constitucional, ya lo advirtió AP a través de Manuel Fraga cuando dijo: «AP rechaza con toda energía y con plena conciencia de la trascendencia histórica de su gesto, la introducción de la expresión nacionalidades en la Constitución. Para nosotros, no existe más nación que la española. Nación y nacionalidad es lo mismo; y tengo que advertir de los riesgos gravísimos de abrir cauces a la aplicación del llamado principio de las nacionalidades, con las inevitables consecuencias de un pretendido derecho a la autodeterminación y a un Estado propio».

Tan solo dos meses después de que la Constitución fuera sancionada por el Rey, el ministro del Interior, Martín Villa, reconoció que se habían equivocado con las autonomías, al tiempo que mostró su preocupación por la Historia de España que se enseñaba a los niños en algunas «ikastolas». Pero, a pesar de esta confesión, la UCD no rectificó y entregó gratuitamente a los nacionalistas vascos y catalanes la educación, la lengua y los medios de comunicación. Fue así como empezó la «normalización», que simplemente consistió en expulsar de la convivencia cultural del País Vasco y de Cataluña una lengua y una cultura universal como es el castellano. Después, cuando González perdió la mayoría absoluta y cuando Aznar logró una mayoría simple, ambos se echaron en brazos de CiU y PNV para poder gobernar y aceptaron todas las exigencias que estos les impusieron.

Así comenzó la reducción al mínimo de la presencia del Estado en esas dos comunidades y esto hizo que, a comienzos de este siglo, Pujol pudiera anunciar lo que hemos vivido estas últimas semanas: «Si en el futuro una parte de España, por ejemplo Euskadi, o llegado el caso Cataluña misma, manifiesta de forma clara, a través de su Parlamento, el deseo de convocar un referéndum de autodeterminación, me parece que iba a resultar muy difícil oponerse a esa intención, por mucho que ese deseo contraviniese lo expresado por la Constitución». En otras palabras: «Si en el futuro los nacionalistas convencemos a la mayoría de los vascos o de los catalanes de la conveniencia de separarnos de España, no habría Constitución que lo impidiese».

A la vista de todo lo sucedido, si en 1992 hubiésemos hecho caso del lamento de Don Juan no habríamos llegado a esta situación extrema y no se habría producido la fractura social en Cataluña. Confiemos que a partir de ahora las cosas se reconduzcan y las aguas puedan volver a su cauce.