Ignacio Ruiz QuintanoSeguir

John Houston Ignacio Ruiz Quintano

John Huston, que también fue militar, periodista y boxeador, tenía el relajo de dejarse llevar en los rodajes, y cuando el tiempo y los estudios se le echaban encima (¡Huston, tenemos un problema!), él agarraba el guion y arrancaba las páginas que hicieran falta hasta ponerse al día.

Así, España con su código penal.

–El código penal sólo existe gracias a lo sagrado –nos dice Max Stirner–, y desaparecerá por sí mismo cuando se renuncie al castigo.

En ésas estamos, aunque sólo para aquellos españoles de progreso dispuestos a imputar al «desorden social» los delitos cometidos, convencidos de que bajo un régimen comunista esos delitos serían imposibles, pues habrían desaparecido los móviles.

La gallardía no es atributo de la izquierda. Largo Caballero, el «Lenin español», nunca exhibió un alma más viril que Rita Maestre

En lo que ese régimen llega, la «doctrina Huston» de arrancar páginas del código penal para ponerse al día se aplica a la sedición de los separatistas, a la coacción de los sindicalistas o, Dios (y el obispo Osoro) mediante, a la profanación de lugares de culto en una sociedad que ha despedido a Umberto Eco con honores de «gran filósofo» por la película «El nombre de la rosa».

La Españeta más frívola y verduscona salió en defensa de Rita Maestre, la concejala del cuello de cisne (¡Leda y el cisne!), que sólo sufre por si la quitan de concejala (¡el cocido!) y que en el juicio fue el retrato ideológico de una calabaza, con lo cual, en la grande polvareda de las tetas («torso», para el vulgo) perdimos al don Beltrane de las amenazas.

–¿Para qué cubrirte la cara? ¡Todos mirarán a la pistola! –le dicen a Michael Corleone en «El Padrino».

El «torso» de Rita es la pistola de Michael.

Y a otra hoja del código penal.

La gallardía no es atributo de la izquierda española. Largo Caballero, el «Lenin español», golpista redomado, nunca exhibió en los banquillos un alma más viril que el de esta falsa Suzzane diderotiana que tiembla por el temor de que le toquen el cocido.

–Sí, la chica parece egoistilla, pero ¿qué me dicen ustedes de Dios y del Estado?

John Huston, que también fue militar, periodista y boxeador, tenía el relajo de dejarse llevar en los rodajes, y cuando el tiempo y los estudios se le echaban encima (¡Huston, tenemos un problema!), él agarraba el guion y arrancaba las páginas que hicieran falta hasta ponerse al día.

Así, España con su código penal.

–El código penal sólo existe gracias a lo sagrado –nos dice Max Stirner–, y desaparecerá por sí mismo cuando se renuncie al castigo.

En ésas estamos, aunque sólo para aquellos españoles de progreso dispuestos a imputar al «desorden social» los delitos cometidos, convencidos de que bajo un régimen comunista esos delitos serían imposibles, pues habrían desaparecido los móviles.

En lo que ese régimen llega, la «doctrina Huston» de arrancar páginas del código penal para ponerse al día se aplica a la sedición de los separatistas, a la coacción de los sindicalistas o, Dios (y el obispo Osoro) mediante, a la profanación de lugares de culto en una sociedad que ha despedido a Umberto Eco con honores de «gran filósofo» por la película «El nombre de la rosa».

La Españeta más frívola y verduscona salió en defensa de Rita Maestre, la concejala del cuello de cisne (¡Leda y el cisne!), que sólo sufre por si la quitan de concejala (¡el cocido!) y que en el juicio fue el retrato ideológico de una calabaza, con lo cual, en la grande polvareda de las tetas («torso», para el vulgo) perdimos al don Beltrane de las amenazas.

–¿Para qué cubrirte la cara? ¡Todos mirarán a la pistola! –le dicen a Michael Corleone en «El Padrino».

El «torso» de Rita es la pistola de Michael.

Y a otra hoja del código penal.

La gallardía no es atributo de la izquierda española. Largo Caballero, el «Lenin español», golpista redomado, nunca exhibió en los banquillos un alma más viril que el de esta falsa Suzzane diderotiana que tiembla por el temor de que le toquen el cocido.

–Sí, la chica parece egoistilla, pero ¿qué me dicen ustedes de Dios y del Estado?

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