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La izquierda, a la deriva José María Carrascal

Chamanes de izquierda que insisten hipócritamente en demostrar que quienes se han equivocados son los electores norteamericanos, no ellos

NO es que esperase que pidieran perdón y se echaran ceniza sobre sus cabezas. Pero al menos esperaba que reconocieran su derrota en las urnas y la victoria con todas las de la ley del adversario, por mal que les caiga. Pero la izquierda, más la europea que la norteamericana, no lo ha hecho y sigue aireando los trapos sucios de Donald Trump, como prueba de que no merece haber sido elegido presidente de los Estados Unidos. Y como no puede negar que ha ganado las elecciones, la ha emprendido con sus seguidores, tachándoles de incultos, groseros y paletos. No me refiero a esos jóvenes que vociferan por las calles tales insultos, profesionales de la protesta, de la que viven, sino a los analistas, expertos, chamanes de izquierda que insisten hipócritamente en demostrar que quienes se han equivocados son los electores norteamericanos, no ellos. Cuando lo que demuestran es algo que ya sabíamos desde el desplome del muro de Berlín: que la izquierda no tiene soluciones para los problemas del mundo actual. Desde entonces, lo único que sabe es mentir, insultar y violar sus propios principios, empezando por el respeto a la verdad y a los demás.

No se puede asentar la democracia arrogándose una superioridad moral ni negando al adversario legitimidad ética y honestidad personal (¿recuerdan cómo empezó Sánchez su primer debate con Rajoy?). No se puede mostrar indignación ante los fallos de los otros y encontrar completamente normal que los tuyos hagan exactamente lo mismo (¿han visto la reacción de Iglesias ante el negociete inmobiliario de su amigo y correligionario Espinar?). No se puede reprochar a Rajoy que haya felicitado a Trump por su victoria y pedir a este que mantenga los trabajadores españoles en sus bases en España. No se puede exigir a los europeos que refuercen su defensa ante las amenazas del terrorismo islámico y el expansionismo de Putin, y clamar contra los gastos militares. Ni se puede presumir de europeísta sin estar dispuesto a cumplir las exigencias que nos hace la Unión Europea sobre ajustes presupuestarios. Tampoco se puede ser partidario de la globalización y defender al mismo tiempo nacionalismos trasnochados. Pues la globalización ya está aquí, en internet, en los bazares chinos, en las barcazas cargadas de aspirantes a refugiados en el Mediterráneo. No se puede ignorar por más tiempo que hemos entrado en una nueva era en la que ya no sirven las parámetros de la anterior ni seguir viviendo en la burbuja del «Estado de Bienestar», que está prácticamente en bancarrota, desde las pensiones a la Seguridad Social, necesitadas de una reforma a fondo si no queremos que se nos caigan encima dentro de poco. No se puede, en fin, dar lecciones magistrales a Trump de cómo debe gobernar, porque puede ocurrir que, antes de que lo pensemos, tengamos un o una Trump en Francia, Alemania, Reino Unido, Austria, Italia, España y demás. Creados por una izquierda en Babia o en el Acorazado Potemkin.

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