8-O, en la hora decisiva

La manifestación de hoy en Barcelona debe ser un punto de inflexión para que la voz de esa Cataluña silenciosa se corpreice y recupere los espacios públicos confiscados por los separatistas

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LA manifestación convocada para hoy, en la plaza de Urquinaona de Barcelona, por Sociedad Civil Catalana no es una más de las que ha organizado esta entidad en el pasado. Responde decisivamente a la necesidad de marcar un punto de inflexión en la realidad cotidiana de Cataluña, cuyos espacios públicos, desde las calles a los medios, han sido confiscados por el separatismo. La democracia no es sólo votar de forma periódica. También es movilizar la opinión pública, generar debates, confrontar ideas. Todo esto faltaba en Cataluña porque su mitad no nacionalista era invisible. Se oyen reproches a estos catalanes silenciosos por no haber salido antes a la calle, pero desde hace décadas, las reglas del juego político estaban pensadas para que Cataluña fuera monopolio del nacionalismo a cambio de su lealtad. El silencio de los no nacionalistas fue el precio abusivo que se pagó para comprar esa lealtad.

Este error histórico debe ser corregido y la manifestación de hoy ha de ser el punto de partida, no de llegada, de un reequilibrio de fuerzas y realidades sociales que hagan más fiel la imagen de Cataluña. La convergencia de izquierda y derecha no nacionalista en esta manifestación, convocada por Sociedad Civil Catalana bajo el lema «Prou. Recuperem el Seny», demuestra que es posible articular una unidad social con proyección política para lograr una transformación en Cataluña y desde Cataluña. Ahora bien, los ciudadanos que dan el paso de desafiar al nacionalismo hegemónico deben sentirse respaldados a largo plazo por el Gobierno y por los partidos no nacionalistas, condiciones necesarias para crear una voz organizada, sólida y resistente.

Esta manifestación de hoy en Barcelona es necesaria también para que el debate sobre el separatismo no se quede en la espumosa referencia al diálogo. La insistencia seráfica con que algunos partidos y personalidades piden que «ambas partes» se sienten a dialogar encierra el venenoso mensaje de que lo que sucede en Cataluña se debe a la falta de acuerdo y diálogo. Es exactamente lo contrario. El nacionalismo catalán es desleal y el conflicto que está provocando es el resultado de incumplir sus propios pactos y consensos. La democracia española, incluso antes, desde la Ley de Reforma Política de 1976, es un prodigio de consensos, pactos y diálogos. Especialmente con el nacionalismo catalán, que participó en la redacción de la Constitución de 1978, aprobada abrumadoramente en Cataluña, y desde entonces no ha dejado de intervenir en los grandes acuerdos políticos, las reformas del sistema financiero autonómico, los desafíos europeos, la estabilidad de los gobiernos centrales y el régimen estatutario de Cataluña. No es diálogo lo que falta en Cataluña, sino lealtad política, respeto a la ley y, sobre todo, firmeza para garantizar la vigencia de la Constitución.