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La historia oficial David Gistau

La izquierda radical de Podemos que, queriendo hacer ella y ahora la Transición -queriendo incluso ganar la Guerra Civil-, encuentra conveniente que la oficial sea decretada nula

David Gistau - Actualizado: Guardado en:

Los apetitos autodestructivos han devuelto vigencia al relato de la Transición. A su cuestionamiento, más bien, como si se intentara agredir el mito fundacional para dejar este régimen sin asideros históricos y rendir así más sencillo su volteo revolucionario. Y, por añadidura, el de la propia monarquía. A la que ahora, en la nueva interpretación del posfranquismo, hay que atribuir un papel parasitario en el advenimiento democrático que refuta el rol tradicional de catalizador en el autodesmantelamiento de la dictadura y en el viaje «de la ley a la ley».

Últimamente hemos visto, filtrado, un vídeo en el que Adolfo Suárez dice en «off» cosas que restan legitimidad a JC1 -y, por extensión, a FB6-, como si este hubiera procurado esquivar un referéndum específico que estaba abocado a perder y sólo la astucia de Suárez lo hubiera salvado e incorporado al tiempo nuevo. Como si aquel Rey hubiera tenido reflejos para auparse como polizón a un impulso democrático nacido en realidad del heroísmo espontáneo del pueblo español emancipado y de su cautivador Kennedy de Ávila. La declaración ha sido replicada por opinadores de orden que la atribuyeron a la enfermedad mental y a la vanidad de Suárez. O sea, que una figura había que romper, la de Suárez o la del Rey, como si hubiéramos alcanzado ya un grado de corrosión retrospectiva en el que no fuera posible salvar ambas. Un Rey advenedizo y oportunista o un presidente hacedor de transiciones que en realidad estaba envenenado de rencor y afán de protagonismo. De repente, hay que elegir entre esto, de lo cual se deduce que ya se fue al carajo la historia oficial y que se nos empiezan a colapsar los próceres de la Santa Transición. Estábamos tardando en demoler todo eso. Que se cuide Felipe González, que es el siguiente, porque de desprestigiar a Carrillo ya se encarga Iglesias.

Confluyen dos fuerzas en este trabajo de zapa en los cimientos. Una es obvia: la izquierda radical de Podemos que, queriendo hacer ella y ahora la Transición -queriendo incluso ganar la Guerra Civil-, encuentra conveniente que la oficial sea decretada nula. Para ello, ha de superar la contradicción de que los comunistas de entonces, incluyendo a Pasionaria, participaran en la supuesta engañifa franquista: ya dijo Iglesias en sede parlamentaria que Carrillo era un entregado y que por tanto el comunismo fetén e indoblegable nace con él. La segunda fuerza es hereditaria de la que entonces provocó el «ruido de sables» y la reticencia sociológica a entregar el país y que ahora, en la debilidad del sistema global, ve la oportunidad de vengarse de toda una segunda mitad del siglo XX, a partir del 45, interpretada como una insoportable hegemonía socialdemócrata que les impidió hasta decir palabrotas. El final de lo «pussy». El surgimiento de líderes de verdad, antiintelectuales, tocados por el soplo de la acción, que van a dar su merecido a las élites agotadas, liberales y burguesas.

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