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El hijo de la tormenta Ignacio Camacho

No hay nadie en el PSOE que pueda ahora mismo presionar a Sánchez para dejar gobernar a un partido estigmatizado

Ignacio Camacho - Actualizado: Guardado en:

El otoño judicial trae vientos de tormenta para el PP y Pedro Sánchez ha orientado el velamen para aprovecharlos a favor de su propia singladura. Zozobra el Gobierno bajo el temporal que vuelve a soplar desde los tribunales mientras en el partido se oyen voces desesperadas que piden soltar lastre invadidas por el pánico. La mayoría no entiende el empeño del capitán por mantener a bordo a Rita Barberá, cuya presunción de inocencia compromete el pacto con Ciudadanos. El Supremo ha puesto a investigarla al ex fiscal general de Zapatero, decisión que promete un tránsito procesal penoso y afilado. Un regalo para las televisiones que sirven picadillo marianista como aperitivo de cada telediario.

Pero si fuera sólo Barberá... El problema es que Matas se chiva, Rosa Valdeón derrapa y Bárcenas ofrece sospechosos favores envenenados. El caso Soria, que era el sapo de la semana, se ha convertido casi en un alivio porque al fin y al cabo hay un ministro dispuesto a servir de fusible, aun con explicaciones inverosímiles, ante el acoso parlamentario. Cada mañana que abren los juzgados se encienden las luces rojas del sobresalto. En condiciones normales, el presidente esperaría como otras veces que amainara la tempestad encerrado en el puente de mando. Pero ahora está en el aire la investidura y todo este carrusel de imputados afianza a Sánchez en su plan de cerrarle el paso. No hay nadie en el PSOE que pueda ahora mismo presionarle para dejar gobernar a un partido estigmatizado.

Y ya no se trata únicamente del bloqueo. El líder socialista entrevé una oportunidad de ofrecerse como solución y está haciendo algo más que tantear contactos. Se siente fuerte porque con el PP en la picota tiene a los enemigos internos neutralizados. Desde que fracasara en diciembre no veía un panorama tan despejado. En Podemos están locos por pactar y los soberanistas catalanes le mandan guiños para que se acerque a camelarlos. A Puigdemont le encantaría cambiar a las CUP por el PSC como socio. El escollo sigue siendo el Comité Federal, pero su famosa resolución de «líneas rojas» no dice nada de aceptar apoyos no solicitados.

Lo que haga lo tiene que hacer pronto. Antes de las elecciones vascas y gallegas del 25, para anticiparse a las consecuencias de un posible batacazo. Los próximos diez días acaso sean los últimos en los que Sánchez disponga de cierta ventaja sobre sus adversarios. El estigma penal del PP colapsa a Rajoy y de paso levanta un cortafuegos que impide a los barones disidentes aproximarse para acosarlo. Y en la opinión pública ha cuajado el rechazo a la repetición electoral como consecuencia de una excesiva dramatización mediática destinada -el infierno está empedrado de buenas intenciones- a aflojarle la mano. Son las condiciones objetivas perfectas para un golpe de audacia. El relato de Frankenstein surgió de otra tormenta, de una noche gótica de truenos y rayos.

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