Haced lo que haga falta

Tipos que, por salir de la cárcel, son capaces de «hacer lo que haga falta», deben tener un corazón del tamaño de una uva pasa

Juan Manuel de Prada
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Para explicar la naturaleza de las idolatrías nos viene como anillo al dedo el mensaje que Puigdemont lanzaba a sus destituidos consejeros: «Haced lo que haga falta para salir de la cárcel». Como todo el mundo sabe, para que los destituidos consejeros salgan de la cárcel hace falta (aparte de la benignidad del juez) que acaten la aplicación de un precepto constitucional cuya aplicación fulminó aquella quimérica república catalana independiente que proclamaron hace unas semanas. En definitiva, hace falta que de forma tácita renuncien al núcleo de sus aspiraciones políticas, que abjuren de sus ideales más arraigados; pues tales aspiraciones e ideales han sido reducidos a fosfatina mediante la aplicación del precepto que se les exige acatar. Naturalmente, en el mensaje de Puigdemont se sobreentiende que ese «lo que haga falta» debe hacerse de forma maquiavélica y engañosa: un acatamiento de mentirijillas, una abjuración fingida, para que el juez pique el anzuelo y los libere.

Si Puigdemont fuese obispo y lanzase este mismo mensaje a sus fieles, de inmediato concluiríamos que su religión es una pacotilla. Pues la auténtica religión pide a sus fieles que confiesen su fe, siempre con la debida prudencia; pero, llegado el caso extremo, dispuestos a sufrir persecución e incluso martirio. Ningún fiel de ninguna noble causa abjura de ella por evitar un sufrimiento; pues no hay forma de vida superior, ni amor digno de tal nombre, sin sufrimiento. La fidelidad a una causa, de hecho, se mide por el grado de sufrimiento que estamos dispuestos a soportar en su defensa. Quien cree verdaderamente en una causa noble sabe padecer por ella, aceptando con abnegación las mayores pruebas; y, llegado el caso, está dispuesto a entregar la vida por ella, como el padre entrega la vida por sus hijos o el marido por su esposa. El idólatra, en cambio, no está dispuesto a padecer por el ídolo ante el que se arrodilla; y, llegado el caso, en lugar de entregar la vida por él, acaba destruyéndolo, como nos recuerda Thibon. Que es exactamente lo que la idolatría independentista está haciendo con Cataluña, ante la ceguera de sus adeptos.

Quienes no son capaces de arrostrar sufrimientos por la causa que dicen defender no pueden ser tampoco capaces de amarla. Nos enseñaba Bloy que «el hombre tiene lugares en su corazón que todavía no existen; y, para que puedan existir, el sufrimiento debe entrar en ellos». Unos tipos que, por salir de la cárcel, son capaces de «hacer lo que haga falta», deben tener un corazón del tamaño de una uva pasa. Unos tipos tan flojos que no saben sufrir por su causa, que son capaces incluso de abjurar de ella (aunque sea de mentirillas y con subterfugios) no pueden amarla, porque les faltan en el corazón esos pasadizos y recovecos que sólo el sufrimiento excava.

Y si estos idólatras son capaces de tomar el nombre de su causa en vano, por escaquearse de la cárcel, ¿cómo no van a seguir tomándola en vano cada vez que la invoquen? Nos advertía Quevedo que quien miente a su enemigo también mentirá a su secuaz, por miedo de que se trueque en enemigo al saber la verdad. En el idólatra la mentira es una forma mentis: es el recipiente que contiene su discurso y a la vez el veneno que lo inficiona. Y sus adeptos beben de la mentira hasta habituarse a su sabor, llegando incluso a encontrarla muy sabrosa y agradable, llegando incluso a morirse de pena o de rabia cuando la mentira deja de alimentarlos. Y por seguir disfrutando la mentira los adeptos de las idolatrías son capaces de «hacer lo que haga falta», incluso destruir su ídolo. Pobre Cataluña engañada por mentirosos idólatras.

Juan Manuel de PradaJuan Manuel de PradaEscritorJuan Manuel de Prada