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El guapo Ignacio Camacho

Lo que atasca la investidura es el bloqueo del PSOE. La solución depende de un pacto de Sánchez con su propio partido

Ignacio Camacho - Actualizado: Guardado en:

Fue Guillermo Fernández Vara, uno de los pocos dirigentes del PSOE que ha expuesto su criterio dando la cara a riesgo de que se la partan, el que dijo aquello de que «a ver quién es el guapo que niega la investidura a Rajoy si se presenta con 170 votos». Pues ahí lo tiene. El guapo era, en efecto, El Guapo, apodo con que los adversarios internos motejaban a Pedro Sánchez cuando concurrió a las primarias y que el interesado rechazaba por despectivo –lo era– al reducir sus cualidades a la mera fachada. Más cómodo parece sentirse con el alias de «Míster No», que se ha ganado a pulso con su porfiada resistencia. La que le ha servido para obtener la relevancia que le niegan las urnas, haciendo de las calabazas una trinchera. La que aún le empuja a soñar, aferrado a sus limitaciones perdedoras, con un Gobierno alternativo de izquierdas.

Su famosa triple negativa –no al PP, no a los independentistas y no a la repetición electoral– esconde una cuarta: no a los barones que lo quieren derribar de la silla. Y ésa es la verdadera razón de tanto tozudo obstruccionismo. Sus «noes» conllevan implícito un correlato de síes: sí a su cargo de secretario general, sí a su jefatura de la oposición, sí a su eventual candidatura en unos nuevos comicios. Incluso sí a un «acuerdo Frankestein» que le dé la Presidencia. Si no estuviese en juego su liderazgo en el PSOE, tal vez Rajoy estaría ya reelegido. Lo que de ninguna manera quiere permitir el líder socialista es que su partido intente la reconstrucción prescindiendo de él para dirigirla.

Por tanto es el bloqueo del PSOE lo que debe resolverse antes que el del Gobierno. No habrá investidura sin una salida para el hombre que tiene en sus manos el poder de impedirla. Lo que Sánchez pretende es que los suyos se involucren en la solución, que le den un mandato colectivo para que no puedan desembarazarse de él en cuanto la crisis quede resuelta. Que sus críticos asuman también el coste de la abstención, o que le faculten para negociar con Podemos y los soberanistas –su auténtica intención de partida–, o al menos que le dejen ser candidato en una tercera intentona. Quiere seguir, en suma. Defender su puesto, que ganó en votación de los militantes y no desea perder por cooptación de las élites.

Para preservar su propia posición, ha tomado como rehén a España. El colapso de las instituciones, de la tarea legislativa y del Presupuesto es la garantía, siquiera provisional, de su supervivencia política. No tiene muchas luces largas ni visión estratégica pero sí la intuición para hacerse fuerte en una crisis de Estado. Y la desahogada resolución de construirse un parapeto personal a base de socializar las consecuencias de su fracaso. Por eso ha sido «el guapo» capaz de despreciar el acuerdo que Vara consideraba inapelable: el único pacto que puede desatascar este atolladero es ya el de Sánchez con su propio partido.

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