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La esfinge sentada Ignacio Camacho

Rajoy ha vuelto a tumbar a un adversario sin moverse. Tiene tan repetido el truco que sorprende su eficacia

Ignacio Camacho - Actualizado: Guardado en:

Por enésima vez en su carrera, Rajoy ha vuelto a tumbar a un adversario sin moverse. Ha repetido tanto el truco que sorprende su eficacia: se queda quieto ante una crisis, como el eje de un tiovivo, dejando que los demás giren a su alrededor hasta que alguien descarrila. En esta ocasión se da la circunstancia de que el rival eliminado pretendió imitarle la táctica. Pedro Sánchez trató de permanecer inmóvil desafiando al presidente a un duelo de estatuas, pero no contaba con que los suyos se iban a poner nerviosos hasta acabar sacándolo de la pista. La relación de víctimas de la esfinge marianista, incluidas las de su propio bando, daría para un inventario casi completo de la reciente nomenclatura política.

El siguiente en la lista puede ser un partido entero. La destitución de Sánchez ha conducido al PSOE a una alternativa letal entre abstención o elecciones, en la que saldrá malparado con cualquier decisión que tome. A Rajoy le benefician las dos y de nuevo se ha sentado a esperar que el competidor se canse o se equivoque. Los socialistas tienen que elegir entre mal menor o mayor y en ambos casos van a tropezar con su desdichada cadena de errores.

Sin embargo en esta oportunidad el presidente acaso debería renunciar al descabello. Tiene la suficiente experiencia para saber que la estabilidad de España requiere de un antagonista en condiciones de sostener un bipartidismo imperfecto. Aunque la tentación de liquidar a la socialdemocracia podría beneficiar al PP a corto plazo, porque le ayudaría a concentrar un voto de autodefensa contra Podemos, a largo reforzaría la teoría populista de los dos bloques, la del empate catastrófico. Y la derecha no va a gobernar siempre. Quizá todo eso sea mucha responsabilidad para un dirigente al que ni siquiera dejan gobernar pero al fin de cuentas es el único político de Estado que queda en pie tras el desplome de los liderazgos improvisados.

El problema es que el PSOE tampoco se va a dejar ayudar. Necesita generosidad y al mismo tiempo no la puede admitir. Ha derrocado a su jefe sin un plan B y al dictar anatema contra el marianismo renuncia a agarrarse al único cabo que tiene a mano. En tiempos de la política convencional esto se arreglaría con un acuerdo honorable y un enfrentamiento más o menos ritual; ahora en cambio están mal vistos los pactos de caballeros y el consenso parece un vicio estigmatizado. El peor legado de la etapa sanchista es la vuelta al frentepopulismo de los pactos del Tinell, la acomplejada radicalización de un partido dinástico. En sus cortas luces, el líder caído ha dejado a sus sucesores maniatados. El socialismo moderado no volverá al poder mientras no aprenda a distinguir al enemigo del adversario. Al primero lo tiene detrás y al segundo enfrente; les guste a los barones o no, su futuro pasa por el compromiso institucional y un duelo con reglas de guante blanco.

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