Una enfermedad infantil

«Bajo un pensamiento tan débil como infantil, la izquierda se ha convertido en una suma de tribus que se alimentan de sus propias identidades»

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María Elvira Roca tiene escrito lo siguiente: «Los sindicatos andan perdidos en la nebulosa de los tiempos y convertidos en gestores verticales de dineros públicos más o menos corruptos o inútiles […] La disolución sindical tiene mucho que ver con el desfondamiento de las izquierdas».

Pero esa decadencia sindical no se debe a las malas o buenas prácticas, sino a la organización del trabajo o, dicho en otras palabras, a la desaparición de las grandes concentraciones de trabajadores sobre el mismo terreno en las empresas industriales clásicas. Como no podía ser de otra manera, la dispersión de los trabajadores redujo la posibilidad de realizar grandes asambleas en aquellas enormes naves de antaño, y con ello la dificultad de producir apoyos masivos de carácter sindical. De hecho, las huelgas en los últimos años prácticamente se han reducido a los servicios públicos, huelgas que toman como paganos a los usuarios, que son también impositores de cuyos bolsillos sale el dinero para pagar «tan justas reivindicaciones».

Ya en 1919 la OIT acordó que el horario semanal habría de estar entre 40 y 48 horas. Hoy, casi cien años después, rige en la UE una directiva de 2003 que dice prácticamente lo mismo: no se puede pasar de las 48 horas semanales. Mientras tanto, se amenaza con robots y otras digitalizaciones que, según dicen, ahorrarán mucho trabajo.

Y uno se pregunta: ¿por qué no bajar el horario laboral si la mecanización ahorra trabajo?

Antes de la crisis, concretamente entre 1985 y el año 2000, el número medio de horas trabajadas en EE.UU. creció un 18 por ciento, y algo parecido ocurrió en la UE. ¿Y qué pasó luego, cuando la crisis cayó sobre nuestras cabezas en 2008? Lo primero que se destruyó fue el Derecho Laboral y con ello la estabilidad en el empleo y la caída de los salarios reales.

Lo han escrito dos especialistas en Derecho Laboral, Juan I. Marín y Fermín Yébenes:

«La reforma laboral de 2012 ha sido decisiva. El diálogo social ha dado paso a la imposición […] de modo que el principal problema de nuestra economía productiva hoy son los bajos salarios, que también están detrás de la crisis de la Seguridad Social».

Se diría que en la izquierda en general y muy especialmente dentro del PSOE se han producido a la vez un desalojo y una invasión. Mientras por una puerta salían los obreros por la otra entraban «los correctos», es decir, ese pensamiento débil y gremialista creador de una mitología adolescente que, según algunos autores, tuvo su origen en las asonadas estudiantiles de 1968. En palabras de Félix Ovejero, en «la ontología sobre la cual se levantaron las consignas de aquellos días: sed realistas, exigid lo imposible» o «no queremos un mundo donde la certeza de no morir de hambre se nos da a cambio de morir de aburrimiento».

Ese infantilismo no ha hecho sino deteriorar el funcionamiento de las democracias. Hay sobradas evidencias de ello en múltiples investigaciones de los últimos años. Todas confirman lo que sintetizó con gran eficacia Jean-Claude Juncker: «sabemos exactamente lo que debemos hacer; lo que no sabemos es cómo salir reelegidos si lo hacemos». Y es que, al parecer, los votantes prefieren que les mientan siempre que los mentirosos les prometan el paraíso. No es de extrañar que en estas condiciones el paraíso quede al alcance de la mano. Y si no se consigue es por culpa del sistema, del capitalismo, de la casta, de las élites o del heteropatriarcado. Conceptos generales que por querer explicarlo todo no explican nada. Perchas donde colgar cualquier argumento; eslóganes que lo mismo sirven para un roto que para un descosido. «Todo el vacío del mundo en la oquedad de su cabeza», para decirlo en términos machadianos.

En coherencia con lo anterior, es lógico que la izquierda haya sustituido su argumentario a favor de la igualdad por otro, mucho más impreciso, centrado en la diversidad y la diferencia, capaz de dar cobijo a cualquier disparate. El buenismo y el feminismo radical en dosis letales y en infumable amalgama son los que han invadido el discurso y han preñado las propuestas políticas de esa «nueva izquierda». Las apelaciones a la lucha de clases y a la igualdad social han sido sustituidas por relatos identitarios, ya sean feministas ya sean los supremacistas propios de todo nacionalismo.

Las implicaciones políticas de esa deriva han llevado a eliminar la dimensión universalista que acompañó siempre a la izquierda en su ideal de ciudadanía. Bajo un pensamiento tan débil como infantil, la izquierda se ha convertido en una suma de tribus que se alimentan de sus propias identidades.

Joaquín Leguina fue presidente de la Comunidad de Madrid