Duguesclin

La falsa calle de en medio de Podemos tiene un corto recorrido que siempre desemboca en la plaza del soberanismo

Ignacio Camacho
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La franquicia catalana de Podemos no es un partido independentista stricto sensu pero siempre está disponible para una alianza contra el constitucionalismo. Aunque los llamados Comunes hacen bandera de una cierta ambigüedad, que les ha costado una penalización electoral cuando las circunstancias exigían posiciones de compromiso, su apoyo al derecho de autodeterminación es bastante poco ambiguo. Su calle de en medio tiene un corto recorrido que acaba desembocando en la plaza abierta del nacionalismo; al menos en una confluencia de intereses con la que de un modo u otro se aproximan a los separatistas a la hora de elegir sitio. Por encima de cualquier consideración ideológica o táctica les domina una pulsión radical de rechazo al sistema, que identifican con «el bloque del 155»; los partidarios de la secesión pueden ser sus adversarios pero los de la Constitución son sus enemigos.

Por eso se han negado a cualquier fórmula que entregue al ganador de las elecciones la presidencia del Parlamento. Habida cuenta de que sin su respaldo es imposible que un diputado de Ciudadanos se siente en ese sillón estratégico, su anunciado voto en blanco carece de carácter neutro. Es un respaldo, oblicuo pero diáfano, al bloque soberanista en el primer dilema serio, el que afecta a quien ha de interpretar, en un contexto de desafío a la legalidad, las reglas de juego. Una salida sesgada a lo Bertrand Duguesclin: ni quito ni pongo presidente pero ayudo al que menos detesto.

Tienen la relativa suerte de que la aritmética parlamentaria les va a eximir de decantarse en el delicado asunto de la mayoría de Gobierno. El independentismo no los necesita; si alguna vez logra salir de su propio enredo dispone de masa crítica suficiente para volver al poder sin contar con ellos. Los Comunes de Colau y Domènech podrán acomodarse de nuevo en el ficticio limbo de equidistancia en que se vienen moviendo sin tenerse que comprometer en un pronunciamiento. Un alivio provisional ante la evidencia de que esa impostada indeterminación, esa neutralidad fingida, es la causa esencial de su retroceso. La razón de que Pablo Iglesias esté desaparecido de la escena, sin explicaciones ni autocrítica, y de que a escala nacional se hayan evaporado sus expectativas de crecimiento.

Porque lo que le sucede a Podemos es que no le resulta posible traicionar su naturaleza. No hay tentación de desafío estructural que no dé por buena; es un partido de ruptura, insurgente, incapaz de trascender la dimensión de protesta. El nacionalismo representa un modelo desigualitario en las antípodas del credo de la izquierda, pero su asalto al Estado lo convierte para Iglesias en un aliado de conveniencia, o al menos en combustible para su hoguera. Como no hay mal que por bien no venga, esa simpatía instintiva le está pasando factura en toda España, pero está demasiado seguro de sí mismo para darse cuenta.

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