Gabriel Albiac

Dioses crueles

La bella sangre photoshopeada de las redes abrirá paso al bofetón asqueroso de la sangre corpórea

Gabriel Albiac
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París. Sentado frente al Champ de Mars, un hombre sabio medita sobre el desierto anímico que siguió a los años de la gran exaltación revolucionaria. Es el verano de 1847. Y Jules Michelet no sabe que, en apenas siete meses, la marea revolucionaria volverá a sacudir su ciudad y el mundo. Pero en ese mes de julio del 47, el profesor Michelet acaba de clausurar el curso que cada año dedica a la minuciosa anatomía de los años del gran arrebato que lo trastrocó todo, entre 1789 y 1794. Ha alzado nota de los alumnos que abandonan el aula: "Otra generación más a la que nunca volveré a ver", se dice. Y retorna al silencio de su soliloquio.

Sentado, ante ese lugar que vio, en julio de 1791, el choque sangriento y decisivo, ante ese lugar que es, cuando él lo mira, "sólo una explanada árida", el más erudito historiador de la revolución en su siglo es como fulminado por la iluminación de la cual arranca su obra definitiva, la Historia de la revolución francesa: "La Revolución tiene como monumento propio… el vacío…". Los puntos suspensivos marcan su estupor ante lo descubierto. Y enfatiza, de inmediato, cómo el vacío del que habla se erige en encrucijada de lo sagrado para el tiempo que viene: "Aquí reside un Dios. ¿Cuál? Nadie lo sabe". Aquí reside. Nadie sabe tampoco hasta qué punto pueden los dioses ser crueles. Pero el sabio profesor sí lo sospecha.

El matiz léxico entre "revolución" y "golpe de Estado" es sutilísimo. Tanto que tal vez no exista, más allá de las intenciones retóricas que un vocablo y otro connotan. Pero, en su verdad, ambos asientan triunfo o derrota sobre una amarga realidad que trasciende a sus cuidadas escenografías: la sangre. Una revolución –o un golpe de Estado– no es un paso de danza. Ni siquiera el paso aterrador de las danzas guerreras. Es el tránsito a lo real irrevocable. Y los hombres no conocen más realidad irrevocable que la muerte.

En Cataluña, una dirección política enloquecida ha forjado la ficción de una revolución –o de un golpe de Estado, no voy a discutir ahora de eso– angelical, sin confrontación física, sangre ni muerte. Una revolución –o un golpe de Estado– de infantil cuento de hadas. Y su ilimitado angelismo es hoy hipermoderno. E ilimitadamente homicida. Hipermoderno, porque en él todo se juega en la suplencia consensuada de lo real por lo virtual. Ilimitadamente homicida, porque el paso al acto de un conflicto en el cual todo aparece con reglas de virtualidad escénica carece de freno. La sangre de las redes, a fuerza de ser fingida, y el Photoshop de lo atroz trocado en obra estética, hacen hasta del dolor más hondo insignificancia; o, lo que es peor, épica placentera.

Vivimos con un pie en la raya: entre ficción y mundo. En la raya: de lo peor. Del punto en el cual la bella sangre photoshopeada de las redes abrirá paso al bofetón asqueroso de la sangre corpórea. Aún es tiempo de pararlo. O nadie va a salir indemne de esto. Otra vez el sagrado "monumento al vacío". Y a los dioses más crueles.

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