La Tercera

Definición de éxito para el 21-D

«A estas alturas nadie duda que Rajoy, con su liderazgo de 'flema y sensatez para con un pueblo acelerado', ha cazado la pieza o 'se ha cargado el procés'. Pero ¡cuidado con la ufanía!, que como veíamos con el ejemplo de la sabana africana solo creará valor quien se lo lleve, y en estas elecciones se lo llevará a la chita callando quien mejor sume lo que la gente quiere oír»

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Asistía hace algunos años en el Lincoln Center de Nueva York a la audición de la ópera "Tosca", interpretada por Luciano Pavarotti. Cuando el cantor acabó el aria "Adiós a la vida", el director de la orquesta inició los acordes con un bis que sorprendió a todo el teatro y, en expresión mal fingida, también a Pavarotti. Al día siguiente, la crítica en The New York Times decía: "Un público entregado obligó a Pavarotti a repetir el aria…" ¿Era eso cierto? En absoluto, pero el equipo de Pavarotti tenía claro que una cosa era que él cantara como los ángeles y otra muy distinta, que ellos debían vender un éxito. Si repetía el aria, algo poco frecuente, se habría logrado y como no podían fiarse de que el público lo exigiera, el director interpretaría ese sentir.

Definir previamente el éxito de cualquier plan de acción es un comportamiento que lo predispone; acontece en todo tipo de actividades: empresariales, deportivas, artísticas…, y ha de formar parte esencial de un proyecto que en política quiera ser ganador. Pues bien: ¿qué será un triunfo el 21 de diciembre?

El fracaso del gobierno el día del referéndum catalán se debió a una mala definición del éxito. Entenderlo como un poner puertas al campo e impedir que no hubiera urnas o contar con la obediencia de los Mossos, era una concreción imposible de asegurar, algo que se debería haber apreciado tan pronto como se enunció el plan. No había policía suficiente para evitar que se votara, el concepto urna podía cubrir desde los cepillos de las iglesias hasta los inodoros, y la mirada reptil de Trapero no prometía demasiado. La Generalitat, por el contrario, definió su victoria de una manera sencilla: "Se vote mucho o poco, tiene que haber apariencia de violencia"; algo fácil de probar si tenías preparadas las fotos de cualquier manifestación antisistema.

Antes, el éxito de un proyecto se definía por su finalización, fuera la construcción de una catedral o la botadura de un velero. Pero más tarde el éxito empezó a entenderse en términos de generación de valor, pero ¡atención! no tanto ligado a quien lo creaba sino a quien se lo llevaba. De forma gráfica, el guepardo, después de una larga carrera abate a una gacela, pero en ocasiones a esa gacela se la come una hiena holgazana, camuflada y desleal, con cuya presencia siempre habremos de contar.

En el procés los constitucionalistas perdieron la batalla del referéndum chapucero pero no la guerra. Más adelante serían los independentistas los que equivocaron su ratio decidendi al "declarar unilateralmente la independencia". Y digo equivocaron porque detrás de tal solemnidad no había dinero para pagar las nóminas de su funcionariado, ni estructura para administrar justicia, ni reconocimiento internacional. Claro que el gobierno, esta vez con la lección aprendida, adelantó en qué consistía el éxito de la aplicación del artículo 155: 1) volver a la legalidad, 2) recuperar la convivencia, 3) sostener la economía y 4) convocar elecciones a toda pastilla. En síntesis brillante de Borrell: el 155 mantenía el empleo.

Por lo general, todo propósito de calidad que está en nuestra mano conseguir es un objetivo aceptable. De los cuatro puntos señalados, volver a la legalidad y convocar elecciones eran los asequibles y la restauración económica, su consecuencia. Pero aspirar a reparar la convivencia no va a ser factible a corto plazo. Un empeño que no aporte soluciones operativas es un hablar por hablar; y en el caso de la paz ciudadana y familiar, esta intención no puede blindarse contra las reacciones emocionales sectarias, la inoportunidad política de los autos forzosos de los jueces, o el instinto de defensa de la policía.

Si concebimos el éxito en las elecciones del 21-D como que los independentistas sufran un serio retroceso, o que los soberanistas se acerquen a la independencia, nos desesperaremos. Ambas cosas son irrealizables. ¿Para qué servirán entonces estas elecciones? Para algo esencial: para que la sociedad catalana encuentre en ellas un refugio privilegiado. ¿Cómo? Dándole un respiro en el asedio cotidiano que favorezca cambios de actitud; y eso se habrá conseguido con solo celebrarlas: las gane quien las gane.

En base a las duras experiencias que ha vivido estos meses, una parte de la Cataluña separatista intuye que la independencia no es un objetivo con el que obcecarse porque no está en sus manos lograrlo, fractura su sociedad, y la aleja del marco legal y el buen sentir económico; pero interiorizarlo no supone votarlo. Y, por otra parte, la Cataluña españolista ha de concienciarse de que hay un número ingente de separatistas difíciles de reciclar, cuya reducción en número exigirá tiempo (todo lo que sube, baja) y para ello tendrá que ceder –con inteligencia– cosas en el camino. Queda por tanto mucho que trabajar aunque la fe ya no será tan ciega.

¿Cuál debería ser entonces el aria a subrayar para demostrar que el gobierno lo ha hecho bien, sin incendiar la parroquia? Lo único que sabemos a ciencia cierta de lo que va a ocurrir el próximo 21-D es que "lo que pase será distinto a lo que ya ha pasado", y supondrá un avance reseñable incluso ante la posibilidad de un nuevo procés. Infinidad de pequeñas enseñanzas unidas en algunos casos a caras nuevas harán que las cosas sean diferentes: menos agresivas, más prudentes, más empáticas, más legales y algo más transversales. Y claro: abandonar la "independencia" para resucitar el inexistente "derecho a decidir", tendría mucho de reconocimiento de un fracaso.

A estas alturas nadie duda que Rajoy, con su liderazgo de "flema y sensatez para con un pueblo acelerado", ha cazado la pieza o "se ha cargado el procés". Pero ¡cuidado con la ufanía!, que como veíamos con el ejemplo de la sabana africana solo creará valor quien se lo lleve, y en estas elecciones se lo llevará a la chita callando quien mejor sume lo que la gente quiere oír (aspectos en donde la dirección de campaña ha de centrar el bis); mensajes más comprensivos y menos frentistas.

Deberemos vender ¿estabilidad?, ¿Estado de derecho?, ¿recuperación del trabajo? No lo sé. La lección de lo ocurrido la han extraído los ciudadanos y habremos de encontrar la llave maestra que los saque de casa. Quizá un perfil bajo y genérico de "vuelta a la normalidad", sería lo que mejor digiriera una mayoría y lo que más se compadezca con la ascética del presidente que cuando mejor vende es cuando no lo hace y que, en cualquier caso, con estos comicios "resetea" y gana tiempo, porque donde espera "emplatar" los réditos es en las elecciones generales.