Daniela la tormentosa

¿Hay que cambiarlo todo cada vez que surge un escándalo?

Luis Ventoso
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Estefanía Gregorio nace en un villorrio de la España profunda en 1979. Crece en una barriada que ella misma describirá en su edad adulta como «un vecindario realmente malo». Sus padres se divorcian cuando ella tiene solo cuatro años. Queda a cargo de su madre y la precariedad se instala en su hogar, hasta el punto de que algunas semanas les cortan la luz por falta de pago. Estefanía estudia en el instituto de su pueblo y hasta fabula con convertirse en periodista. Pero a los 17 años ya ha tomado otros derroteros y comienza a trabajar en un club de destape. Allí adopta su nombre de guerra, Daniela, que toma de un anuncio de bourbon Jack Daniel’s que ve a la puerta de un puticlub. Como apellido artístico elige La Tormentosa, en homenaje a una canción de su grupo heavy favorito. Su próximo paso es el cine, aunque lo suyo no será exactamente Bergman o Visconti. Con su pelo dorado, su sonrisa libidinosa y un expansivo tuneado quirúgico-pectoral, Daniela inicia una exitosa carrera en el género porno, que le granjea hasta algunos premios de «interpretación», valga el eufemismo.

En 2016, un candidato a la presidencia de España, favorito para ganar las elecciones, recibe en plena campaña un recado de Daniela la Tormentosa. Ella le advierte que va a revelar que diez años atrás mantuvo un lío sexual con él, en un momento en que la mujer del político estaba embarazada. De inmediato un abogado del candidato paga a Daniela 130.000 euros a cambio de su silencio. Ella parece aceptar el acuerdo y se calla. El candidato gana y se convierte en presidente. Pero la discreción de la actriz dura poco. Quiere aprovechar la fama que otorga un buen escándalo y denuncia al político, alegando que él no firmó el acuerdo de confidencialidad, lo que lo invalidaría. Al abrirse el procedimiento judicial entra en escena la policía, que registra el despacho del abogado del presidente y encuentra pruebas del pago de los 130.000 euros. El letrado declara que el abono fue iniciativa suya. Por su parte el presidente pretexta que no tiene ni idea del asunto. Pero el frente judicial se va enrareciendo. El presidente contrata a un nuevo abogado, que le recomienda asumir el pago. El político cambia de versión y reconoce que sí sabía de la compra del silencio de su ex amante. Es decir: el mandatario ha mentido a su pueblo con pleno desparpajo. Además, lo acusan de haber delinquido al comprar a Daniela con fondos electorales.

Todo este folletín inverosímil es el relato exacto del jaleo que enfrenta a Stephanie Gregory, alias Stormy Daniels, con el presidente Trump, y sucede en la primera democracia del mundo. Por supuesto, a los estadounidenses no se les ocurre concluir que los pilares institucionales de su país son una mierda, que hay que cambiar la Constitución porque los jóvenes no la han votado, que deben permitirse referendos de independencia que destruyan la unión, y que una Nueva Política, adanista y amateur, debe suplir a los partidos Demócrata y Republicano que tan bien han servido a la nación. Pero en España somos mucho más listos, y a destrozar el país no nos gana nadie.

Luis VentosoLuis VentosoDirector AdjuntoLuis Ventoso