Cuartel

La mili cobra prestigio en la memoria de los hombres de mediana edad, incluso los que no pisaron un cuartel

David Gistau
Actualizado:

La semana pasada, el presidente Macron comunicó una decisión que resultó ser de consecuencias catastróficas para España: llevamos cuatro días contándonos de nuevo la mili. Mi amigo Rubén Amón, según se infiere de algo que escribió al respecto, incluso lamenta haberse saltado esa parte crucial de la educación sentimental de los cachorros de la patria y parece haber idealizado la vida cuartelaria como un ágora donde simpáticos muchachos procedentes de todos los estratos sociales y de todas las geografías, fusionados por un fraterno sentido de la camaradería, intercambian productos de las gastronomías regionales y fotografías de las novias y salen a lucir con bizarría los uniformes de bonito para escuchar suspiros enamorados a su paso, todo cantando, porque se trata de un musical y ese que taconea en el patio de armas es Gene Kelly. El primer inconveniente de tan diversos muchachos, Rubén, es que traían todos incorporadas sus propias ventosidades. Para contarte lo demás te invito a un café.

La mili, o la colimba, como la llamaban en Argentina (Correr, Limpiar y Barrer), cobra prestigio en la memoria de los hombres de mediana edad, incluso los que no pisaron un cuartel, porque estamos ya en una fase de la vida en el que cualquier recuerdo en el que nos vemos jóvenes es maravilloso. Aunque sea la extracción de una muela. Con todo, replantear la introducción de la leva forzosa resulta anacrónico en un tiempo en que los ejércitos están compuestos por un personal limitado, muy vocacional y extraordinariamente preparado, más allá de cuáles sean las posibilidades presupuestarias en cada país. Esa eficacia no se obtiene abduciendo a un atorrante de Tractoria a quien la raja del culo le desborda el pantalón vaquero y poniéndolo a correr por el monte con la esperanza de que no se pierda ni caiga fulminado durante los primeros doscientos metros.

Las razones esgrimidas por Macron tampoco son convincentes. Primero porque, a pesar de admirar la vida militar y siendo uno mismo un claro ejemplo de gallardo héroe en potencia, me niego a creer que no existe una vía civil, además de la militar, para desarrollar sentidos como los de pertenencia, compromiso, respeto jerárquico y solidaridad. No existe una carencia ni una mutilación moral en el hombre o la mujer que no pasó por el servicio de armas al no tener, sencillamente, esa vocación. Por otra parte, si al ejército se le encomienda que cumpla de nuevo esa función pedagógica lo que se está admitiendo es que fracasaron en ello todos los demás estamentos de la sociedad, la familia incluida.

Otra cosa sería que Macron estuviera renegociando el acuerdo con el Leviatán, concretamente la cláusula del monopolio estatal de la violencia, porque ansía ciudadanos/soldado que se valgan por sí mismos y con su propio armamento para repeler, por ejemplo, agresiones yihadistas. Cómo disfrutaría de esa derrota del concepto de Estado a la europea ante un espíritu de Frontera equiparable con la Segunda Enmienda.

David GistauDavid GistauArticulista de OpiniónDavid Gistau