Ramón Pérez Maura

Cuando Almunia y Solbes ya no eran «de los nuestros» Ramón Pérez Maura

¿A quién sorprende que el PSOE afronte hoy el Comité Federal con bastante menos orden que una casa de lenocinio?

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Aquel 18 de octubre de 2014 era un un cálido día otoñal en Bilbao. Un grupo de integrantes de las Tertulias Hispano-Británicas nos paseábamos por el exterior del hotel Meliá cuando otro de los participantes se acercó hasta el secretario de Estado para la Unión Europea, a la sazón Íñigo Méndez de Vigo. Era Manuel de la Rocha, responsable entonces de los asuntos económicos en el PSOE. Ante la incredulidad del arriba firmante y de otros testigos, espetó al hoy ministro de Educación la pobre representación que se había otorgado a su partido en ese foro –en el que, además de políticos, intervienen empresarios, académicos, periodistas y otras gentes de mal vivir. El hogaño ministro de Educación le respondió que –aunque eso no le correspondía decidirlo a él, porque era responsabilidad del presidente de las Tertulias– además de De la Rocha, del PSOE estaba allí el diputado Juan Moscoso, también habían sido invitados Carmen Chacón y Trinidad Jiménez –que habían declinado la invitación– y asimismo estaban presentes Joaquín Almunia y Pedro Solbes. Y ahí fue cuando por primera vez se hizo patente –para mí– lo que en estas horas vemos a la puerta de la sede del PSOE en la calle Ferraz de Madrid. De la Rocha respondió –en referencia a Almunia y Solbes– que «esos no son de los nuestros. Esos eran los de antes». Y a mí me quedó la duda de si no incluía entre los «no de los nuestros» a Moscoso, que había cometido el pecado de «ser» de Pérez Rubalcaba.

En ese día y hora Joaquín Almunia, antiguo secretario general del PSOE y candidato a la Presidencia del Gobierno de España, era vicepresidente de la Comisión Europea. El cargo más relevante que tenía el PSOE en el mundo entero. Y Solbes había sido ocho años ministro de Economía y Hacienda, cinco de ellos como vicepresidente del Gobierno con José Luis Rodríguez Zapatero, además de muchas otras funciones a propuesta del PSOE. Pero, para este apparatchick a las órdenes de Pedro Sánchez, ninguno de los dos era de los suyos. No eran suficientemente puros. No llegaban a conseguir la calidad de «pata negra». ¿Puede sorprender a alguien que el PSOE afronte hoy el Comité Federal que tiene ante sí, con bastante menos orden que en una casa de lenocinio?

Cuando tienes a –más o menos– la mitad de los tuyos sublevados contra ti, además de acusarles de traidores y fascistas –tiene retranca la cosa– convendría analizar cómo ha sido posible llegar hasta ahí. Siempre es fácil echar la culpa a los contrarios. Pero cuando levantarte contra el poder establecido puede implicar perder lo que tienes, habrá que reconocer que se deben de haber generado unas motivaciones muy fuertes para que uno abandone la comodidad y lo ponga casi todo en riesgo. Y desde que Pedro Sánchez asumió la secretaría general del PSOE, el partido ha seguido la vía del descalabro, elección tras elección, y la de la incoherencia absoluta en las formas de actuar. El mismo secretario general que descabezó a Tomás Gómez nada más ganar unas primarias quiere defenderse de quienes han creído llegada la hora de dar un golpe de timón, convocando otras primarias. Y dos huevos duros.

Es difícil acumular mayor número de errores: alienar a los propios, tontear con los independentistas, anteponer tus propios intereses a los de España. Ya sólo le falta buscar el apoyo mediático de Pedro J. para terminar de hundirse definitivamente.

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