Carlos Herrera

Copetín en Palacio

Es cierta la sensación de tregua aliviadora que se respiraba

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No habrá honor suficiente que volcar sobre el nombre de Borja Aybar, capitán del Ejército del Aire, fallecido después de que se estrellara su avión cerca de la base de Los Llanos de vuelta del desfile del 12 de Octubre. No habrá ceremonia suficiente para honrar a un militar que sacrificó su vida con tal de no caer sobre una zona habitada y llevarse por delante la de aquellos que tranquilamente descansaban en sus casas un día de fiesta. No habrá pena suficiente, por otra parte, para los que, desde las cuevas de la basura, han querido hacerse los graciosos o los agudos insultadores de un héroe de treinta años con mujer e hijo. Urgentemente, los investigadores hagan su trabajo y pongan a disposición de los juzgados la información pertinente.

Mientras los Reyes, a todo esto, metían su mano derecha en un barreño de agua con hielo después de saludar uno por uno a más de mil quinientos invitados, los periodistas olisqueábamos, como cada año, los diferentes corrillos con el fin de sacar algo claro para una columna o una crónica. Había mucha gente, creo haber insinuado. Significativamente más que otros años. Pérez Rubalcaba, desde el aparcamiento hasta la entrada, me recordaba que ya son cinco los años que han pasado desde la última vez que vino. Justo desde que dejó su cargo. Pero este año se ha visto en el deber de asistir como forma de manifestar su apoyo al Rey y a las decisiones conjuntas del bloque constitucional liderado por el gobierno. De alguna manera esa era la constante de las diferentes salas de Palacio: manifestar a Felipe VI su adhesión. No pocos de los asistentes, después del correspondiente besamanos, confesaban haberle dirigido al Rey, en los pocos segundos con los que cuentas, su enhorabuena y su agradecimiento por el mensaje que como Jefe de Estado dirigió a los españoles hace unos días y que tanto ha cambiado el ímpetu de las cosas.

Es cierta la sensación de tregua aliviadora que se respiraba. Los cinco o seis días de los que dispone el muchacho de la Generalitat para contestar a un requerimiento, parecen haber calmado la permanente arritmia de la política española. Rajoy ha devuelto la pelota y esta no tiene devolución sin causar consecuencias concretas. Es muy fácil: tiene que decir que no o que sí a la pregunta de si ha declarado la independencia, habida cuenta de que si contesta con medias tintas tendrá los mismos efectos que si contesta que sí. Sin embargo el jueves buena parte de los protagonistas eran los juristas de todo nivel invitados al copetín: magistrados, fiscales, cargos políticos y demás.

Algunos de ellos, con responsabilidades muy concretas en la maquinaria judicial ya puesta en marcha, señalaban lo pesaroso que puede parecer poner en marcha el elefante pero lo mucho más difícil que resulta pararlo cuando ya está en marcha. Ojo porque hoy puede ser el día en el que el Mosso Trapero entre en prisión si prospera la petición del fiscal y el juez de la Audiencia Nacional la tiene en cuenta. Incluso podrían seguir su suerte la pareja de Jordis que maneja a los miles de liberados que se manifiestan día sí día también allá donde hacen falta. Esa decisión, autónoma de los requerimientos gubernamentales, puede desestructurar esta sensación de alivio que ayer tenían algunos cuando valoraban el hecho de que Puigdemont, presionado por la gente más razonable que pueda quedar a su alrededor, podría convocar elecciones y, de alguna manera, alargar el respiro de las últimas horas. ¿Puede un juez pedirle a un fiscal que no le pida la prisión de un tipo hasta, al menos, que pasen unos pocos días? ¿O cabrearse porque no se la pidiera en su día? Atentos al detalle.