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Si nadie acepta la posibilidad de perder, la condición de perdedor se generaliza

Jon Juaristi - Actualizado: Guardado en:

Tal día como hoy, hace quince años, terroristas islámicos a bordo de aviones comerciales secuestrados destruyeron las Torres Gemelas de Nueva York. Los dos rascacielos del World Trade Center arrastraban, como es sabido, cierta connotación simbólica que los relacionaba con España. Sus constructores se inspiraron en las columnas de Hércules, uno de los más antiguos iconos hispánicos, que figuraba en el reverso del real de a ocho de plata o tálero español (Spanish Daller), la moneda que imitaron los primitivos dólares americanos. El signo del dólar no es más que un esquema de ambas columnas envueltas por la filacteria con el lema latino Plus ultra (o sea, «más allá») que hace referencia a la empresa atlántica imperial de la Monarquía Católica.

Las columnas de Hércules, plantadas por el semidiós griego a ambos lados del Estrecho, en Calpe y Abila, han estado presentes en la simbología de España desde Carlos I hasta hoy, bajo todas las monarquías y repúblicas. En determinadas épocas adquirieron significados inéditos según interpretaciones relacionadas con nuevos contextos. Durante la Restauración, marcada por la pérdida de las últimas colonias, la significación imperial fue cediendo a la idea de una dualidad constitutiva de la nación, tanto en su dimensión histórica (lo romano y lo gótico) como en la política (la conciliación de tradición y progreso, después de tres guerras civiles, en el sistema bipartidista de la monarquía restaurada). Durante la II República circuló una interpretación de origen probablemente masónico que las relacionaba con las dos columnas de bronce del propileo que Hiram de Tiro levantó para el Templo de Salomón y que recibieron los nombres de Boaz y Jakim.

Sea como fuere, parece que los dos restos del bipartidismo español contemporáneo han decidido conmemorar la efeméride del 11 de septiembre apresurándose a iniciar sendas implosiones a lo largo de la semana, con pretextos distintos, unos por campos de Soria y otros por sus grandes y solas, desiertas llanuras. Al final va a resultar que todo termina en una competencia suicida por ver cuál se viene abajo el primero.

¿Qué quedaría después? No voy a ofrecer pronósticos originales. Quedaría lo que ya tenemos. Una situación muy semejante a las de algunas sociedades primitivas a las que se refirió en su día el gran antropólogo Claude Lévi-Strauss en los siguientes términos: «En estas sociedades se delibera y se vota. Pero las votaciones sólo valen si hay unanimidad, pues prevalece la idea de que, cuando hay que tomar una decisión importante, no pueden surgir, ni siquiera en las más pequeñas fracciones imaginables de tales sociedades, sentimientos de frustración y amargura como los ligados a la condición de perdedor en una consulta electoral, porque estos sentimientos, la mala voluntad o la tristeza de no haber concitado la adhesión, obrarían como potencias mágicas capaces de comprometer el resultado obtenido» (Georges Charbonnier, Entretiens avec Claude Lévi-Strauss. París, 1961). Sin haber leído a Rousseau, estas sociedades parecen creer literalmente en una voluntad general que no puede ser la de la mayoría sino sólo la de la totalidad, evitando así la existencia de perdedores que andarían fastidiando al resto del vecindario. Sobra decir (añade Lévi-Strauss) que en las sociedades donde se impone este criterio la regla de la unanimidad acaba por ser la única en contar con algo parecido a un fundamento jurídico, precisamente para evitar recaer en la perversa práctica del escrutinio mayoritario. Cuando nadie se resigna a perder es imposible que alguien gane, pero en el fondo del mar viven felices las esponjas.

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