La vía cínica

La vía unilateral se ha transformado en la vía cínica, la de la retractación retórica, la del acatamiento de boquilla

Ignacio Camacho
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En vez de la vía unilateral, la vía cínica: yo digo lo que usted diga que tengo que decir, señoría. Es lógico de toda lógica que unos tipos que rechazan la ley española no sientan el menor escrúpulo en abjurar de sus principios con tal de escapar a la justicia. Primero porque su objetivo inmediato es salir de prisión y después porque saben que su retractación no tiene el más mínimo efecto negativo en la apretada grey soberanista. Cuando salgan serán recibidos como héroes y mártires de una causa sagrada, y puede que hasta presuman de astutos por haber renegado de boquilla. Gozan de bula moral entre los suyos y nadie les va a reprochar el oportunismo de la apostasía. Si por algo se caracteriza el nacionalismo es por su eterno juego ventajista.

Eso también lo sabe el juez del Supremo, que sin embargo está obligado a atenerse a las normas del Derecho. Ésa es la gran limitación del Estado frente a los promotores del proceso, que no se consideran vinculados a ninguna ley distinta a su propio criterio. Desprecian la razón jurídica porque se sienten parte de un país ajeno y no obedecen a otra fuente de legitimidad que no sea la del mitológico destino manifiesto. Se han investido a sí mismos como redentores de su pueblo y ese rango mesiánico les exime de cualquier remordimiento. Si hay que mentir, se miente; si hay que jurar, se jura; si hay que firmar, se firma con tal de continuar el proyecto. Como solía decir Ibarretxe con su naturalidad primaria, qué hay de malo en ello. A los nacionalistas, sean de donde sean, siempre se les acaba notando el parentesco.

La vía unilateral, es decir, la voluntad de hacer lo que les venga en gana para conseguir la independencia, sigue en pie como eje de todos sus planteamientos. Por eso acatan sin pestañear, como una argucia táctica, el statu quo impuesto. Por eso consideran a un prófugo como presidente real de su gobierno. Por eso explotan sin rubor las mismas patrañas que antes y repiten idénticos argumentos. Por eso persisten en su discurso victimista y por eso llenan sus candidaturas de presos. Adaptarán su programa a la situación reformulando los plazos, pero no piensan modificar su propósito estratégico. La derrota de octubre sólo les obliga a esperar mejor momento, a calcular con mayor prudencia el manejo de los tiempos. Su autocrítica es superficial, retórica, desprovista de arrepentimiento.

El magistrado instructor, que no vive en una burbuja, tiene que decidir sobre un conflicto entre la evidencia política y la procesal, con máximo respeto a las garantías. En virtud de esa regla honorable, de esa salvaguardia taxativa, acaso se vea en la tesitura de fingir que se cree una mentira. Ésa es la gran diferencia entre el Estado de Derecho y sus enemigos separatistas, capaces de entonar una farisaica palinodia inspirada por un cinismo utilitario, pura doblez pragmática, maquiavelismo de guardarropía.

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