Charlie, tres años

No es libre el que tolera a quien dice que dos más dos suman cinco. Es libre el que le llama imbécil

Gabriel Albiac
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La libertad que se otorga es servidumbre. Para aquel que la acepta. La libertad se toma. Sin consulta, sin permiso. Libertad es combate. Y no puede complacer a todos. Pocos se avienen a instalarse en su lógica, que es lógica de conflicto. Nos da mayor confort sabernos sensatos siervos, aceptar de buen grado una obediencia amable. Ser sirviente de un buen amo es grato. Solemnes convenciones lo consagran: non serviam («no serviré») cifra, en ciertas tradiciones, la voz del diablo; aunque, en Jeremías 2:20, narre sólo la rebeldía frente a Yahvé de su pueblo. Non serviam, para el hombre libre, dice lo irrenunciable ético: la rebelión de ser el responsable de sus decisiones. Llamamos moral a eso.

Pasaron ya tres años. Yo no pensé, después de aquel 7 de enero, que Charlie Hebdo sobreviviera. Digo Charlie Hebdo, lo que Charlie Hebdo significó en medio siglo de Francia. No digo la cabecera que lleva ese nombre: mantener una cabecera puede ser el modo más sencillo de matar un periódico, sabemos de eso en España. Y el riesgo de que Charlie siguiera publicándose sin nada de Charlie era muy alto. Charlie, criatura arquetípica del «post 68», era un compendio de la mala uva: disparaba con todo y contra todos, su munición ni era sutil ni delicada. Había hecho la pascua a todo quisque. Sin excepción. Era brutal, hosco, malsonante, irrespetuoso… Y, en esa medida, libre. Con una libertad nunca otorgada; tomada al asalto y asediada siempre por los tribunales. Podían ofendernos, en diversa medida, las dos terceras partes de sus portadas. Pero, los no perfectamente idiotas sabíamos que ésa era su grandeza: la de pocos en la prensa de este medio siglo. Un humor político que no ofende no es humor; apenas si mala política.

Después del crimen -ejecución fría de ocho redactores, un invitado, un obrero y dos policías-, la reacción ciudadana fue admirable. Las suscripciones llovieron a la revista: en lo económico, garantizaban su pervivencia. El riesgo no escapaba a nadie: la unanimidad te trueca en respetable; lo que Charlie no podía ser sin dejar de ser Charlie. De haber sucedido eso, el triunfo yihadista hubiera sido paradójico pero aplastante: los salvajes irreductibles quedarían aplastados por su deuda moral, descubrirían el dulce encanto de la tolerancia. Pero Charlie no fue nunca tolerante. Fue libre. Que no es que no sea lo mismo; es que es lo contrario. La libertad nace de la potencia de conocer las cosas. No de la cobardía de negociarlas. No es libre el que tolera a quien dice que dos más dos suman cinco. Es libre el que le llama imbécil.

El milagro de Charlie no es que haya pervivido su cabecera. Es que es Charlie, el mismo de siempre. El que muerde la mano de sus amigos, si sus amigos hacen algo indecente. El que mete la pata, pero nunca miente. ¿El precio? Vivir en un búnker: eso es hoy la Redacción de Charlie Hebdo. Y saber que nada te pone a salvo de una bala en la cabeza. Pero una vida por la cual no vale la pena morir, no vale la pena de ser vivida.

Gabriel AlbiacGabriel AlbiacArticulista de OpiniónGabriel Albiac