Las causas de siempre

Juan Pablo Colmenarejo
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Parecía de broma, pero ni mucho menos lo ha sido. Aunque sea el más peculiar y extravagante presidente que han tenido los Estados Unidos, Donald Trump está al frente de la mayor democracia del mundo, y el traje del liderazgo le viene puesto por obligación desde el día que juró el cargo. Su tuit anunciando un bombardeo en Siria sonó a chiste y a teléfono negro de baquelita, con Gila al aparato.

Aunque el método no fue ortodoxo, ni mucho menos solemne y trascendente, ofreció otro síntoma más clásico. Se esperó 48 horas para sumar a la operación a Francia y Gran Bretaña, las dos potencias militares europeas que suelen ir de la mano a la guerra, aunque con alguna excepción notable, como Irak, desde hace más de un siglo. Que los británicos hayan decidido por error salirse de la Unión Europea no conlleva que su política de defensa deje de mirar a las playas francesas de Dunkerque, por donde entran y salen cuando toca. Trump, con la conservadora May y con el social-liberal-centrista Macron, han respondido de una vez, demostrando que las tres democracias con más trienios del planeta siguen de guardia a pesar de los errores y dejaciones. El pasado reciente no se soluciona una noche de abril con ciento y pico misiles, pero sí es un cambio notable en el tablero.

En Siria, desde hace siete años, una dictadura de partido único, arrasa, mata y gasea a su propia población con la colaboración de Rusia e Irán. A los europeos, no estamos tan lejos, nos ha sonado la matanza a control remoto y tan solo nos hemos dado por aludidos cuando millones de personas vagaban por las carreteras del continente, huyendo de las armas químicas de Al Assad. La Rusia de Putin, está claro que es solo suya, se ha quedado con Siria porque es la puerta de salida al Mediterráneo. El incivil conflicto sirio es una guerra mundial a pequeña escala donde, con mayor o menor presencia de Fuerzas Armadas sobre el terreno, están todos los actores principales. Que los protagonistas sean Trump y Putin no es poca cosa, pero el fondo es el mismo y nos estamos jugando, otra vez, las causas de siempre.

A las democracias occidentales los muertos de Siria, asfixiados por bombas químicas, les entran y salen de sus vidas por la televisión. Al espanto y la exclamación tras ver a niños muertos o convulsionados por el gas suele acompañarles el silencio y la quietud hasta un día como el de ayer. Por supuesto que no faltan los populistas antisistema, siempre de guardia antiliberal, que después de no decir nada durante las matanzas químicas se rasgan las vestiduras, sea quien sea el inquilino de la Casa Blanca, porque vuelan los misiles de las democracias. A Siria llegan tarde. Mucho tiene que ver en este punto la pasividad buenista del anterior presidente norteamericano, Barack Obama, que no hizo nada que evitara y frenara al sátrapa de Damasco, un coleccionista de crímenes contra la humanidad sin salirse de sus fronteras.

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