EDITORIAL ABC

La Casa Blanca va por libre

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Puede haber argumentos para decidir lanzar una señal diplomática de tanta importancia como el traslado a Jerusalén de la Embajada ante el Estado de Israel, pero ninguno que justifique hacerlo de forma unilateral y de espaldas al resto de los aliados occidentales, como ha hecho el presidente estadounidense, Donald Trump. El comportamiento del inquilino de la Casa Blanca es cada vez más previsible: si hay algo que parecía inadecuado, imposible o inconveniente, es muy probable que sea lo que Trump decida al final. Las resoluciones que han excluido a Estados Unidos de foros como el de los acuerdos contra el cambio climático, la Unesco o la Organización Internacional de las Migraciones, su salida del acuerdo transpacífico o el bloqueo de las negociaciones sobre un acuerdo de libre comercio con la Unión Europea acumulan ya una trayectoria de aislamiento y unilateralismo que no se corresponden con la tradición y los intereses estratégicos de Estados Unidos. La decisión de reconocer la capitalidad de Jerusalén es un gesto que no ayudará nada a la paz en la región y que va a hacer mucho más difícil la acción, históricamente muy activa, de Estados Unidos allí.

También es cierto que el estatus actual de la histórica ciudad tampoco ha logrado cambiar mucho las cosas en más de medio siglo de conflicto y que en este momento hay un viento nuevo que viene de Arabia Saudí y que ha provocado una situación inédita, en la que Riad aceptaría a Israel como aliado en su creciente enfrentamiento con Irán. En este sentido, si lo que Donald Trump intenta es jugar con la opción de una guerra regional de gran envergadura, ahora que Estados Unidos ya no necesita el petróleo de la zona, estaríamos ante una grave irresponsabilidad.