Tribuna abierta

«El cachondeo de la ONU», por Inocencio Arias

«La Carta de la ONU, su constitución, es una auténtica monstruosidad jurídica si nos ceñimos a criterios mínimamente democráticos. Fue redactada al gusto de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial»

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¿Son las Naciones Unidas la organización más antidemocratica del planeta? Sí, sí, yes, yes, oui, oui, da, da. Sin ninguna duda, como prueba fehacientemente el drama sirio en estas fechas. Una nación -repito, una sola; en este caso el villano es Rusia- puede paralizar cualquier intento de la comunidad internacional de tratar de pacificar ese país y detener la pavorosa sangría de muertos (¿400.000?) y desplazados o exilados (5.000.000). Aunque la mayoría del planeta, a veces la inmensa mayoría, quiera actuar y poner coto.

La Carta de la ONU, su constitución, es una auténtica monstruosidad jurídica si nos ceñimos a criterios mínimamente democráticos. Fue redactada al gusto de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial: Estados Unidos, Unión Soviética, Gran Bretaña, China y Francia (equiparada generosamente a los otros cuatro). Esos miembros se reservaron un poder omnímodo, el funesto veto por el cual cualquiera de ellos tiene la facultad, en temas de paz y seguridad, de impedir que se apruebe una resolución, por importante o bienintencionada que sea. Es como si en una urbanización uno de sus miembros boyantes abortara que se adoptara una medida urgente deseada por los otros 192 residentes.

El sistema es una burla que desafía el sentido común, la democracia y ciertamente la ética. Varios de los delegados (México, Filipinas) en la Conferencia de San Francisco que creó la ONU protestaron ante la consagración de esta prebenda descomunal; se impuso el trágala. Los aristócratas nacientes, Estados Unidos, Unión Soviética, advirtieron brutalmente que los demás aceptaban la cláusula o no habría Naciones Unidas.

La Organización tiene un bagaje notable en determinadas cuestiones, como protección de la infancia, refugiados... En el mantenimiento de la paz, para el que fundamentalmente fue concebida, hay luces y sombras. Algunas sombras, como el caso sirio o Ruanda, ominosas, enormes. Una razón fundamental de esos fallos es la existencia del veto. Volvamos a Siria. Rusia, protegiendo a su aliado sirio, ha lanzado la friolera de doce vetos en unos siete años. Son muchos y a primera vista lamentables.

En 2012, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó, resolución 2042, el Plan Annan, que incluía seis medidas para detener la guerra en el país. Ya se habían producido más de 130.000 muertos. El plan murió pronto porque, siguiendo la práctica voluntarista onusiana de conseguir un texto a cualquier precio, la resolución no contemplaba sanciones para la parte que incumpliera. Solo, bendito sea Dios en el mundo de hampones en que vivimos, una condena moral.

En diciembre de 2012, el Gobierno sirio utiliza armas químicas en Homs, algo abyecto según la legislación internacional. Rusia y China vetan condenar y ponen trabas a una comisión de investigación. Sigue la cuenta macabra de muertos. Más tarde, la alta comisaría de Derechos Humanos hace repetidos llamamientos para que el tema sea presentado al Tribunal Penal Internacional. Va a ser que no. En diciembre de 2016, Egipto, España y Nueva Zelanda promueven que haya una tregua en la ciudad de Alepo. Rusia lo veta porque piensa que en ese momento los rebeldes sirios están debilitados y sería darles aire, cuando pueden ser aplastados por su aliado Assad. Más atrocidades.

Barack Obama prematuramente dijo que si el sirio usaba armas químicas se atendría a las consecuencias. Las usó y Obama se arrugó cuando su aliado británico Cameron remoloneaba al ver que bastantes de sus diputados no querían intervenir sin la aprobación de la ONU. Más muertos y desolación. May parece que no vacilará en ir adelante, apoyando a Trump, si el americano decide dar un escarmiento al sirio por el bombardeo químico de hace una semana. Ciertos británicos, como Corbyn, insinúan que no aprobarán nada que no obtenga la bendición de la ONU.

Dar patente de corso a los grandes para que intervengan en un conflicto sería la jungla internacional, pero ¿podemos confiar en que la ONU actúe humanamente si un señorito todopoderoso -Rusia, Estados Unidos, China...- puede trabar cualquier medida que vaya en contra de sus intereses o los de un aliado? No podemos. La Constitución de la ONU es irreformable, dado que los cinco grandes tienen veto sobre la reforma del veto. El sistema resulta así, hoy, surrealista. Tiene algo que firmaría Gila, algo de cachondeo.