Mr. Bean en Bruselas

Puigdemont es un tipo a caballo entre lo cómico y lo patético, causante de una catástrofe

Isabel San Sebastián
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Si no hubieran provocado una catástrofe social, económica y política de consecuencias gravísimas, las andanzas del golpista catalán huido serían dignas de una película protagonizada por Mr. Bean. Porque a Groucho Marx no llega el exalcalde de Gerona. A Carles Puigdemont le faltan clase, ingenio, inteligencia y profundidad para aproximarse al genial Julius Henry, el más brillante de los magistrales hermanos. Lo de nuestro turista en Bruselas se sitúa en la órbita del personaje que interpreta en la pantalla Rowan Atkinson con el pelo engominado, sonrisas babeantes y una mirada tan iluminada como la del «president» a la fuga. Un tipo un tanto ridículo, a caballo entre lo cómico y lo patético, cuya conducta errática acaba provocando situaciones que escapan a todo control. La perfecta encarnación del friki. Solo que en este caso no se trata de un actor interpretando un guion cinematográfico con el propósito de hacernos reír, sino de un presunto delincuente escapado de la Justicia y determinado a reincidir. Un gestor acusado nada menos que de malversación de caudales públicos, prevaricación, sedición y rebelión, a quien demasiados medios de comunicación españoles otorgan honores de gran dirigente. ¡Lo nunca visto!

Raro es el informativo de televisión que no abre desde hace semanas con la última ocurrencia proferida por el fugitivo más perseguido de cuantos transitan por la Unión Europea. A semejanza de esos «famosos» que arrastran consigo una legión de paparazzi ávidos por captar una imagen suya, Puigdemont administra cuidadosamente sus apariciones con el fin de proporcionar alimento constante a los periodistas dispuestos a beberse sus palabras. Lo mismo da que sea una entrevista publicada por una gacetilla local que declaraciones obtenidas por alguno de los que siguen sus pasos, micrófono en mano, desde que salió del país escondido en la parte trasera de un coche, como un vulgar ladrón, camino de ese refugio en el que elude afrontar las consecuencias de sus actos. Algo de lo cual, por cierto, no le hemos oído hablar. Tampoco de cuánto nos cuesta a los contribuyentes pagarle directa o indirectamente la estancia en Bélgica, la protección de la que allí disfruta o la costosísima asistencia jurídica de un abogado conocido por defender a terroristas de ETA. A este golpista tan cobarde como para darse a la fuga le place utilizar su «fama» para seguir haciendo propaganda separatista y acusar al legítimo Gobierno de España de perpetrar el delito del que se le acusa a él. Ni un minuto de autocrítica sobre la tremenda factura que por culpa de su locura está pagando Cataluña en términos de caída del PIB y la inversión, aumento del paro, marcha de empresas, frenazo en el consumo, división de familias y grupos de amigos, etcétera. Ni una disculpa a quienes le creyeron cuando aseguraba que la secesión no solo sería posible, sino que traería consigo incontables ventajas para los catalanes. Ni un átomo de humildad. Ni el más mínimo realismo. Solo autobombo, victimismo, engaño y campaña. Una campaña electoral basada en seguir mintiendo con total impunidad.

Otros protagonistas de esa declaración unilateral de independencia ahora negada («un invento patentado por el Estado español», dice la republicana Marta Rovira, empeñada en contagiarnos la amnesia que al parecer padece) han tenido al menos el coraje de quedarse e ingresar en prisión, tal como juraron estar dispuestos a hacer por amor a «la patria». Han sido coherentes. Mr. Bean-Puigdemont ha preferido ponerse a salvo, junto a varios de sus cómplices, sin por ello renunciar a vendernos su burra coja. Lo que no alcanzo a comprender es que haya quien se la compre.

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