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Bambi Luis Ventoso

Hasta anteayer mismo muchos demandaban «dialogar» con los sediciosos

Cuando nadie se acuerde de quién era ese oráculo apellidado Puigdemont, que será pronto, políticos de todo el mundo seguirán buscando luz en un instructivo librito escrito en 1513, «El Príncipe", del florentino Niccolò Machiavelli (excepto aquellos gobernantes que prefieren alimentar su mente con la prensa deportiva y el BOE). Tras asistir en primera línea como funcionario y diplomático a los triunfos y reveses de los Médici, Maquiavelo cayó en desgracia. Lo acusaron de conspiración y sufrió prisión y tortura. Tras recobrar la libertad se retiró escamado a su villa campestre y se dedicó a meditar sobre los engranajes del poder, qué hacer para preservar la soberanía del Estado, cuáles deben ser las cualidades del gobernante. Es curioso –y triste– que no llegase a publicar en vida el tratado que lo ha hecho eterno, aunque sí circuló en cartas. Se murió con 58 años y era muy conocido, pero por sus enredos políticos y por sus comedias y poesías. De todas formas, su patente inteligencia, un finísimo bisturí mental, no pasó desapercibida para los florentinos. Bajo la urna que contiene sus restos en la Basílica de la Santa Cruz puede leerse este epitafio: «Ningún elogio haría honor a tan gran nombre». En su retrato más conocido observamos a un duende enjuto, de labios finos fruncidos en sonrisa irónica y ojillos con chispas de agudeza.

Maquiavelo es un manantial de citas, pero una resuena al hilo del golpe-esperpento de Junqueras y su títere, Puigdemont. Reza así: «El que tolera el desorden para evitar la guerra, tiene primero el desorden y después la guerra». Uno, que no es florentino, pero sí gallego, lo traduciría así: «Ay Mariano, si hace unos años les hubieses parado los pies en seco nos habríamos ahorrado toda esta trangallada». En marzo de 2012, ABC publicó una portada con el siguiente titular: «Cataluña, tenemos un problema». Cayeron chuzos. El periódico fue acusado de tremendista, cavernario... Hubo mofas en las redes sociales y desde la prensa pronacionalista catalana nos impartieron unas cuantas lecciones de «seny». Hoy la portada resulta premonitoria.

Durante este lustro convulso, que comenzó con la enajenada escapada de Artur Mas, el pensamiento fetén en Madrid, lo elegante, lo «progresista» y ponderado, era situarse en un punto equidistante entre los separatistas y Rajoy. Durante cinco años han llovido editoriales acusando al Gobierno de «inmovilismo» y acusándolo de «no buscar una solución dialogada». No había que ser Isaac Newton para concluir que es imposible dialogar con un frontón, que no cabe pastelear con quién ha proclamado que se apresta a romper tu país. Pero el cándido y dulce buenismo perseveraba en el error (el gran Sánchez aún sigue subido a la burra). Con el golpe en marcha, cronistas que hasta anteayer eran paladines ardorosos del diálogo aplauden ahora que el Gobierno nos defienda con el peso de la ley. Cuánto tiempo perdido por no escuchar al viejo clásico: si permites el desorden tendrás guerra. Hace ya cinco siglos que quedó dicho, pero en el Ferraz de hoy son más de Bambi que de Maquiavelo.

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