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Acampada Justin Luis Ventoso

A algunos padres parece que los hijos les han tocado en la tómbola

Luis Ventoso - Actualizado: Guardado en:

El fenómeno de las fans es más viejo que Carracuca. Las inglesas y americanas que aullaban como posesas al paso de los flequillos de los Beatles hoy son abuelas septuagenarias, que sonreirán con nostalgia rememorando sus raptos de histeria. Justin Bieber, cantante canadiense de 22 años, ejerce una hipnosis parecida sobre las niñas de hoy, nietas y bisnietas de las que se desmayaban ante una mueca burlona de Lennon, o un guiño de McCartney. Justin tiene su mérito. Hijo de soltera, fue un músico precoz. Su madre grababa todos sus pinitos y los subía a YouTube. Un productor se fijó en el adolescente, lo pulió y se convirtió en una luminaria del pop, que arrasa desde 2009.

La próxima semana cantará en Madrid y Barcelona. Desde hace algo más de dos meses, pandillas de seguidores españoles acampan noche y día a las puertas del Palacio de los Deportes de Madrid y el Palau Sant Jordi de Barcelona. Hay menores de edad, algunos de solo catorce años, y otros están en la primera veintena. La mayoría son chicas y el objetivo es sencillo: asegurarse de entrar los primeros para estar lo más cerca posible del escenario. Embutidas en sus sacos de dormir en la intemperie otoñal, las niñas duermen por turno en las aceras. Comen de bocata y matan el tiempo absortas en sus móviles. Su historia aparece constantemente en los telediarios. Cris, de 19 años, cuenta que las canciones de Justin la ayudaron cuando pesaba solo 32 kilos y peleaba con una anorexia. Algunas madres se suman a veces a la vigilia.

No me considero un fósil de la era paleozoica, ni mis padres eran ningunos puritanos. Por citar un ejemplo cualquiera, cuando tenía solo 16 años me dieron permiso para irme de acampada playera con mis amiguetes al Festival Celta de Ortigueira, donde los petas y pachuli hippy competían con las gaitas. Todos hemos sido jóvenes. Todos hemos hecho el pingo de jarana. Pero aun así, la Acampada Justin semeja una enorme gilipollez, que habla pésimamente de los padres de esos chavales. ¿Qué hacen ahí en época de clases? ¿Qué sentido tiene la vigilia, si verán perfectamente al músico desde cualquier parte? Pero sobre todo: ¿Cómo es que sus padres les permiten que pierdan su tiempo de estudio o de trabajo de esa manera?

Recientemente se ha producido la inmensa desgracia de una niña de doce años muerta en un botellón. El primer reflejo de la opinión pública y el tertulianismo fue apuntar a los controles de la administración. Pero poco se habla de unos padres que permiten que unos niños inocentes salgan a beber sin tasa hasta altas horas. Se pretende que la escuela supla a la familia. Los padres aspiran a «ser amigos» de sus hijos, en lugar de ejercer su autoridad y educarlos. Papis y chavalines se manifiestan juntos contra los deberes. ¡Qué horror!: no se puede torturar con esa inhumana sobrecarga de estudio a los dulces infantes del botellón y la Acampada Justin. Sé que todo esto suena a regañina amargada de abuelo Cebolleta. Pero me temo que la familia es el único lugar donde puede imprimirse el código de conducta que auspicia unas vidas honestas, productivas y felices.

Saquen a sus niños de esas aceras y edúquenlos, que no les han tocado en la tómbola.

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