Una academia en Babia

Son elegidos de por vida, lo que será una de las primeras cosas a cambiar

José María Carrascal
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Lo del Nobel de Literatura estaba cantado. Tarde o temprano tendría que estallar el fraude sobre el que está instalado, bajo el aura de la Academia Sueca, que todo lo tapa y abrillanta, por aquello de ser el país más demócrata, justo y excelso del planeta, aunque sus escritores de novela negra, con Stieg Larsson y su saga «Millennium» a la cabeza, nos describen la podredumbre oculta bajo la alfombra.

Tampoco hace falta ir tan lejos. Basta fijarse en los «nobeles» literarios y su elección, que me recuerda la practicada en Naciones Unidas: «Este año toca un novelista», «El próximo, un poeta», «Conviene premiar a un autor del Tercer Mundo», «Tenemos a Europa olvidada», «Imprescindible elegir a una mujer, si es feminista, mejor» y así sucesivamente, para darse cuenta de que el valor literario es lo de menos. Lo comprobamos en nuestros «nobeles»: Echegaray lo fue cuando aún vivía Galdós. Benavente, cuando Valle Inclán rompía los moldes de la novela y el teatro. A Juan Ramón Jiménez apenas se le conocía fuera del ámbito hispano y a Aleixandre, menos. Posiblemente Cela lo mereciese más que la mayoría de los candidatos, pero menos que otros. A lo que debe añadirse, y puede ser lo más indigno, la querencia hacia la izquierda de la institución, como corresponde a un país tan progresista como Suecia, aunque las noticias que nos llegan de allí últimamente, como asesinatos masivos, lo bajan del pedestal.

Pero, lo que son las cosas: no han sido esas violaciones flagrantes de su cometido original lo que ha obligado a posponer el Nobel de Literatura este año, sino algo tan vulgar como los manejos de una pareja que en parte lo controlaba. Él, Jean-Claude Arnault, un fotógrafo francés acusado de abusos sexuales en habitaciones de la propia Academia. Ella, Katarina Frostenson, su esposa, una poetisa al frente del prestigioso club Forum para eventos culturales, que recibía fondos de la Academia, cuyos miembros, al parecer, estaban en Babia. A fin de cuentas, son elegidos de por vida, lo que será una de las primeras cosas a cambiar. Como guindas: que Arnault alargó sus ávidas manos hasta la princesa heredera Victoria y que la pareja conocían los nombres de los futuros premiados, con lo que ganaron dinero en las apuestas que hay para todo. En resumen, un escándalo donde nada falta.

Aunque tal vez el mayor de todos sea que diez y ocho suecos, el número de académicos, desde la cúspide de su estado social y próspero, pueden decidir cada año cuál es el mejor escritor del mundo, con tantas lenguas, culturas y visiones de la vida. Si lo de los Oscar es difícil, lo del Nobel de Literatura es imposible, lo que quiere decir injusto sin remedio. Y, encima, susceptible de ser manipulado por los mangantes que nunca faltan. Ya que el dinero está ahí, gracias a la generosidad post-morten del inventor de la dinamita, lo mejor, pienso, sería distribuirlo entre los escritores que se mueren de hambre. Aunque las royalties lleguen para todos, aliviarían las penurias de algunos.

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