Mayte Alcaraz

El 155 a la carta

Mientras Puigdemont corre para huir de Andorra y los borrokas de los CDR incendian las calles, Rajoy debe mover ficha

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Mariano Rajoy sabe qué pero no sabe cómo ni con quién. Sabe que el reloj, tic tac, avanza mientras los papeles de los enemigos de España están bien repartidos. El pseudoinstitucional sigue a cargo de Carles Puigdemont, que el miércoles volvió a demostrar su particular habilidad por el bricolaje delictivo: manual para cometer un delito de sedición y de rebelión televisado sin que las autoridades judiciales hayan tomado medidas cautelares para evitar que se meriende todo el Código Penal. El borroka, en manos de los CDR (Comités de Defensa de la República) que, al modo de la dictadura cubana, la CUP ha organizado para que muevan el árbol independentista en los barrios. Y el ideológico, en manos del recolector de nueces Oriol Junqueras, que igual se reúne por la mañana con la curia catalana que por la tarde llama a la huelga general. Es verdad que Puigdemont y Junqueras saben que los objetivos comunes de hoy no impedirían que si el golpe triunfara la CUP tardaría medio segundo en arrojar sus cabezas a la guillotina tras la de Rajoy. Pero ahora están a lo que están: hay que correr antes de que Andorra decrete el final del secreto bancario el año próximo y envíe la información fiscal de los líderes del "procés" a cada país miembro de la UE. Entre otros, a España, off course.

Es evidente, pues, que el miedo y el mal vertebra como nadie a los malos. Por eso a Robert de Niro en su personaje de Noodles en la inolvidable "Érase una vez en América" le es tan fácil concertarse con otros tres aprendices de gánster en la Manhattan de primeros del siglo pasado y, a su vez, todos conectan sin dificultad con los sindicatos de malhechores de Nueva York. Pero otra cosa es articular el bien. Y eso que solo hay media docena de cosas que defender a muerte en una democracia: una de ellas es el Estado de Derecho. Pues bien, henos aquí que más de veinticuatro horas después de que la primera magistratura reclamase asegurar el orden constitucional, el presidente sigue aguardando el apoyo explícito del PSOE cuyo líder, Pedro Sánchez, solo se siente comprometido con dos pactos: el que suscribe cada mañana con su ego ante el espejo y el que firmó con Miquel Iceta para que este le apoyara en el último Congreso a cambio de que Ferraz fuera correa de transmisión del PSC.

Pero el presidente es Rajoy. Con o sin Sánchez tiene que actuar. Ya le han dicho los que saben que la inconcreción del artículo 155 permite aplicarlo a la carta y gradualmente: desde la asunción de los Mossos, hasta la disolución del Parlament, el nombramiento de una figura de consenso para dirigir la Generalitat, la custodia de la legalidad restituida por los cuerpos del Estado y el Ejército, y el adelanto electoral. Es verdad que disolver una estructura autonómica es complejo. Pero no más que asistir a la ruptura propagandística, que no de iure, de una nación con más de 500 años de historia. Responder con sentido de la proporción es ya aplicar el artículo 155. Los constituyentes lo redactaron para eso.