El legado de Fernando III

La huella de la Reconquista en la provincia

La toma de Sevilla y las posteriores acciones del Rey Santo y sus tropas configuraron los municipios que conocemos hoy en día

SEVILLAActualizado:

La figura de Fernando III, el Rey Santo, ha sido clave en la historia de Sevilla. Tras más de un año de asedio, consiguió expulsar a los musulmanes de Isbiliya, la Híspalis mora. Además, trajo consigo a la patrona de la ciudad, la Virgen de los Reyes, según la leyenda, se le apareció en sueños y ejerció de protectora en las batallas de la Reconquista.

Unido para siempre a Sevilla, falleció en el Real Alcázar, entonces palacio real de la Corona de Castilla, y fue enterrado en la Catedral, donde reposan incorruptos sus restos para que cada 30 de mayo, día de su festividad, los sevillanos puedan rendirle pleitesía.

Pero no solo en la capital puede apreciarse la huella de San Fernando. Muchas de sus hazañas previas a la Reconquista de Sevilla tuvieron lugar en poblaciones cercanas. Por otro lado, después de arrebatar la ciudad al emir Axataf hizo una serie de repartos de terrenos, otorgándole privilegios a varios de los caballeros que lucharon con él, ayudando a configurar la nueva época de Sevilla y recomponiendo la vida civil de los municipios de la provincia.

Una de estas localidades es Dos Hermanas que, básicamente, debe su origen al complejo proceso de repartimiento y repoblación que se desencadenó tras la reconquista de Sevilla en 1248. Y, además, el Rey Santo fue el iniciador de la devoción a la Virgen de Valme, una de las señas de identidad del municipio nazareno. Cuentan las crónicas que, ante la dificultad de tomar la capital hispalense y el abatimiento de sus tropas, el rey invocó, en el Cerro de Cuartos, a una imagen de la Virgen que portava. «Váleme, Señora, que si te dignas a hacerlo en este lugar te labraré una capilla», rogó. Una vez conquistada Sevilla, el monarca cumplió su promesa y construyó la ermita, donde entronizó a la imagen a la que había invocado y, a sus pies, el pendón arrebatado a los musulmanes.

La devoción a la Virgen de Valme no tardó en arraigar en Dos Hermanas. Años después, en 1800, la imagen fue trasladada a la parroquia Santa María Magdalena debido a una epidemia de fiebre amarilla. La romería que se celebra en su honor, en la que se traslada a la virgen desde la iglesia hasta la ermita, es una de las más multitudinarias de Andalucía.

Las torres

También en Dos Hermanas se encuentra la Torre de los Herberos, llamada popularmente como Torre del Caño, una torre vigía almohade que servía como atalaya desde la que divisar, gracias a sus quince metros de altura, los alrededores del Guadalquivir. Según las crónicas, en los terrenos que la rodean fue donde el ejército de tierra del rey Fernando III y la flota prepararon el asedio a la ciudad.

Otra torre relacionada con el Rey Santo es la de Don Fadrique, en Albaida del Aljarafe. Tal y como su nombre indica, aunque también se le llama «la torre mocha», fue levantada por orden del Infante Don Fadrique, hijo de Fernando III, en 1253, poco tiempo después de la reconquista de Albaida por los cristianos y con el fin de defender el territorio ante la latente amenaza de las tropas musulmanas, cuya influencia no se dio por acabada del todo hasta la toma de Granada.

La Torre de Loreto, en Espartinas, también fue construida en los años posteriores a la victoria cristiana en Sevilla como parte del sistema defensivo de la comarca. Posteriormente paso a formar parte del recinto del santuario de Nuestra Señora de Loreto, patrona del Ajarafe.

Otro de los municipios cercanos a la capital marcado por la ardua Reconquista fue San Juan de Aznalfarache. En el cerro que domina la población, y aprovechando los sillares de edificios romanos, los árabes construyeron una fortificación que llamaron «Hins Al-Faray», de donde viene el nombre del pueblo. Se dice que el monarca Fernando III tomó la fortaleza y la usó como cuartel general durante el asedio. Tras liberar a Sevilla, se donó el recinto a la Orden de Malta. Actualmente, gran parte de la muralla rodea el conocido como «barrio del Monumento».

Castillo de Morón

Por otro lado, en aquellos siglos cobró especial importancia en la historia de la provincia el castillo de Morón. De gran importancia durante la época árabe , no fue reconquistado por los cristianos hasta el año 1240. A partir de ese momento, fue repoblado con nobles castellanos. A mediados del siglo XVI, familias de renombre como los condes de Ureña o los duques de Osuna hicieron de él una residencia habitual, transformando en parte su fisonomía y convirtiéndolo en una fortaleza-palacio.

El castillo de Morón formaba parte de una línea de fortificaciones repartidas por la provincia para evitar posibles ataques de las tropas enemigas. También integraba dicha estructura el castillo de Cote, ubicado en el término municipal de Montellano, en la parte de la sierra. En buen estado, destacan sus dos recintos amurallados concéntricos y sus vistas, ya que desde él pueden verse municipios como Carmona, Sevilla o Arahal. Ambas fortalezas, la de Morón y la de Cote, pasaron a ser defendidas por la Orden de Alcántara. La de Cazalla, por su parte, fue asignada a la Orden de Calatrava.

El cinturón defensivo del reino de Sevilla en la frontera con el granadino estaba compuesto, además, por torres defensivas como la del Bollo, en Utrera, o la de Lopera, ubicada en el mismo municipio y que llegó a tener un recinto amurallado alrededor. Esta última tenía una función clara: vigilar el valle del Guadalete para evitar posibles incursiones moriscas. Junto al castillo de Cote y a la fortaleza de las aguzaderas, ubicada en El Coronil y considerada Bien de Interés Cultural, suponía un triágulo defensivo clave para plazas tan importantes como Sevilla y Utrera, entre otras.

De otra parte, poblaciones como Alcalá de Guadaíra, la propia Utrera, donde destacaba su castillo, Lebrija o Estepa también se vieron influidas por la victoria frente a los musulmanes. Así, los años posteriores a la Reconquista ayudaron a los cristianos a configurar la provincia que ahora conocemos y que atesora, en muchos rincones, la huella de lo que llegó a ser gracias al Rey Santo.