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«La casa de los gatos», un refugio para niños y animales en el asedio de Alepo

Un conductor de ambulancia y sus tres hijos ayudan a 2.000 personas y 170 felinos de la ciudad con fondos que les llegan desde dentro y fuera de Siria

Mohamed Ala Ayil proporciona grano de trigo y arroz a sus vecinos y los gatos callejeros que acuden al refugio
Mohamed Ala Ayil proporciona grano de trigo y arroz a sus vecinos y los gatos callejeros que acuden al refugio - ABC
SUSANA SAMHAN (EFE) Beirut - Actualizado: Guardado en: Natural , Vivir

En mitad del asedio de Alepo, hay un lugar especial donde los niños y los animales son los reyes, «La casa de los gatos», una especie de santuario gatuno, donde pequeños y mayores acuden para distraerse de la dureza del cerco militar.

Este hogar para los felinos consiste en una vivienda abandonada donde residen los gatos y un patio de juegos donde los niños pueden ir a jugar y cuidar a los animales en el barrio de Masaken Hanano, uno de los distritos sitiados del este de la ciudad, rodeado por el ejército y en poder de los rebeldes.

El conductor de ambulancia Mohamed Ala Ayil, que se confiesa amante de los gatos desde siempre, es el artífice de este refugio, que ha ido creciendo poco a poco.

«Cuando empezó la guerra hace cinco años, mucha gente se marchó de sus casas y en el barrio quedaron unos veinte gatos abandonados, que al cabo del tiempo se convirtieron en más de un centenar», rememora Ayil, de 40 años, en una conversación con Efe por internet.

Este padre de tres niños se encontraba los animales hambrientos por la noche cuando regresaba de trabajar en la ambulancia y empezó a darles de comer y a cuidarlos.

Mohamed Ala Ayil, con los fondos que consigue dentro y fuera de Siria, alimenta a 170 gatos

Al principio y en tiempos previos al asedio iniciado en julio pasado, se gastaba unos cinco dólares al día para comprar carne que sobraba en las carnicerías, pero conforme el número de gatos aumentó comenzó a gastar una media de veinte dólares diarios.

Sus amigos comenzaron a ayudarlo y acabó creándose una red de contactos en Facebook, que ha llegado incluso hasta el extranjero a través de un grupo creado por una estudiante libanesa en Italia bautizado como «Il Gattaro d'Aleppo», que apoya a Ayil.

Con los fondos se estableció hace más de seis meses «La casa de los gatos», abierta a los animales y a los humanos, especialmente a los menores, que deseen acercarse a este pequeño remanso de paz en la castigada mitad oriental de la población.

Van y vienen

«Aquí hay gatos de distintas clases, en la casa hay unos cincuenta permanentes, pero luego hay otros que vienen a comer y luego regresan con las familias que los acogen y hay otros que son callejeros, van y vienen, comen y luego duermen en casas vacías, e incluso regresan a los barrios de donde proceden», explica Ayil.

Debido a la precariedad impuesta por el asedio, la carne con la que Ayil alimentaba antiguamente a los animales ha sido sustituida por arroz con mortadela: «Al principio no les gustaba (a los gatos), pero después de seis días pasando hambre se lo comían», detalla.

A través de la ayuda y los fondos que recauda dentro y fuera de Siria, puede dar de comer a 170 gatos.

Sin embargo, la iniciativa no solo se queda en los animales, sino que también ayuda a unas 2.000 personas del este de la población, con el reparto de alimentos, como búlgur (grano de trigo partido), azúcar, garbanzos, alubias, atún... En definitiva, la comida que está disponible en el cerco.

«Nosotros como seres humanos debemos tener un corazón misericordioso, yo trabajo en una ambulancia y todos los días veo heridos por los bombardeos, niños y mujeres, hay que tener compasión hacia los humanos, pero también hacia los animales», reflexiona Ayil.

Este hombre junto a sus tres hijos, de entre seis y diez años, acude a diario a «La casa de los gatos» para cuidar de las mascotas.

«Yo no quiero dejar a la gente de aquí, hay muchos pobres que no pueden marcharse y quiero ayudar»

No se arrepiente de no haber abandonado Alepo, como hicieron muchos de sus amigos que huyeron a Turquía, lejos de los bombardeos y donde encontraron trabajo. «Yo no quiero dejar a la gente de aquí, hay muchos pobres que no pueden marcharse y quiero ayudar», afirma Ayil.

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