LA CIENCIA RESPONDE AL RETO CLIMÁTICO

«En España hemos perdido confort climático»

Jorge Olcina es responsable del Laboratorio de Climatología de la Universidad de Alicante

Jorge Olcina es Catedrático de Análisis Geográfico Regional y revisor del último informe del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC)
Jorge Olcina es Catedrático de Análisis Geográfico Regional y revisor del último informe del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC) - ALEX DOMINGUEZ

Once de los últimos doce meses han batido marcas mensuales de temperatura y parece que 2016 puede superar a 2015 como el año más cálido. ¿Puede ser el llamado punto de no retorno del que alertaba el IPCC?

Estamos manteniendo una tendencia de incremento de temperatura en nuestro sistema climático que comenzó hace treinta años. Con una particularidad. Desde 2004, el Sol está atravesando un ciclo de actividad débil. Y, sin embargo, la temperatura terrestre ha seguido subiendo, no con el ritmo de los años ochenta y noventa del pasado siglo, pero ha seguido subiendo. Lo cual confirma de modo casi definitivo que en el proceso actual de calentamiento térmico planetario, el factor antrópico está resultando determinante; esto es, las emisiones de gases de efecto invernadero. También es cierto que los años en los que hay fenómeno de El Niño como 2015 y 2016 son años más cálidos de lo normal, porque el océano Pacífico tropical se calienta mucho y transfiere ese calor a la atmósfera terrestre. Ahora bien, todavía no estamos en un punto de no retorno. La situación es reversible. Lo único que hay que hacer es cumplir los acuerdos internacionales de reducción de emisiones en todo el mundo.

En febrero pasado la temperatura media de la Tierra se situó 1,55ºC por encima del nivel preindustrial. Esta cifra es el objetivo mínimo a cumplir del Acuerdo de París. A grandes rasgos, ¿cuál cree que debe ser la receta para acelerar la acción?

Que los gobiernos se lo crean. Que las políticas del cambio climático sean realmente transversales e impregnen el resto de políticas. Por ejemplo, tendría que ser la vicepresidencia de un gobierno la que asumiera esta competencia, coordinara políticas, impulsara planes de acción. Si no, seguiremos haciendo políticas concretas, a modo de parches, para cumplir directivas europeas o protocolos internacionales, que nunca se terminan de cumplir. Las CC.AA. también deben impulsar planes de acción y adaptación. Y los gobiernos locales. Estos últimos tienen un papel fundamental al ser el eslabón más cercano al ciudadano. Estamos a tiempo de hacer cosas, de poner solución. Pero no podemos perder más tiempo. Un aumento a finales de siglo de tan solo 1ºC ya tendría consecuencias en el clima terrestre, con sus efectos negativos en los ecosistemas y la economía.

¿Qué huellas ha dejado ya el cambio climático en España?

Comienza a haber una serie de evidencias que son incontestables. Los datos están ahí para corroborarlas. Destacaría cuatro. Primero, la temperatura media ha aumentado también en España en las últimas décadas, a un ritmo desconocido en los últimos 150 años. Como consecuencia de ello hemos perdido «confort climático» especialmente en verano. El número de «noches tropicales» (por encima de 20ºC) se ha multiplicado por tres desde 1970. Y otro dato adicional, la temporada de verano se está prolongando hacia los extremos (junio y septiembre).

Segundo: el mar Mediterráneo, frente a nuestras costas, se calienta ahora más y durante más tiempo que hace treinta años. Esto tiene repercusiones térmicas y pluviométricas de primer orden en las tierras ribereñas de este mar.

Tercero: Se producen más «lluvias de barro» ahora que hace 30 años. Esto quiere decir que la influencia de la dinámica del norte de África (Sáhara) es más intensa ahora que entonces. Y cuarto: han cambiado los patrones de precipitación en las regiones de la mitad este de nuestro país. Se ha producido una disminución de lluvias en primavera y un incremento en otoño. Esto tiene consecuencias muy importantes para la planificación hidráulica, porque las lluvias de primavera son lluvias buenas para atender las demandas de la agricultura y el abastecimiento urbano en los meses de verano. Mientras que las de otoño son poco aprovechables porque suelen caer de forma torrencial.

¿Qué podemos esperar para los próximos años?

Quedan todavía incertidumbres por estudiar. Por ejemplo, no se conoce bien cómo puede evolucionar la precipitación en una atmósfera más cálida y muy especialmente en nuestras latitudes mediterráneas. Tampoco se conocen los efectos concretos del forzamiento radiactivo que están impulsando los gases de efecto invernadero en la circulación atmosférica general. Es decir, en la génesis de unos tiempos atmosféricos concretos a diario. Por tanto, la investigación de base y la mejora de la modelización climática van a ser piezas fundamentales a desarrollar en el mundo y en España en los próximos años.

¿Está nuestro país tomando las medidas adecuadas para reducir emisiones? ¿Y para adaptarse?

Se lleva un camino muy lento para reducir las emisiones de gases en España. De hecho, para poder cumplir con el protocolo de Kioto, hemos tenido que acudir al mercado de emisiones y comprar derechos a otros países. Cabe esperar que con el nuevo compromiso de París, esta situación vaya cambiando. Y, en cuanto a políticas de adaptación, la cosa es aún peor. Se aprueban planes que luego no se cumplen. Mientras otros países europeos se han tomado muy en serio esta cuestión y están mostrando ya resultados prácticos. Es fundamental que la ordenación del territorio incluya los efectos del cambio climático y de los riesgos asociados, que se planifiquen las actividades económicas teniendo en cuenta también estos efectos. Y un aspecto esencial para nuestro país, la planificación del agua debe incorporar los efectos del cambio climático.

El futuro Plan Hidrológico tendrá que tener muy en cuenta las tendencias de precipitación registradas en los últimos años en España, que son decrecientes en gran parte de su territorio. Todo esto, de momento, no se ve.

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