El presidente Vladímir Putin, este lunes tras jurar como nuevo presidente - REUTERS

Vladímir Putin, el hombre que ha metido a Rusia en vereda en pleno siglo XXI

Nunca hasta ahora el presidente ruso ha hecho concesiones, lo que está llevando el mundo a una situación peligrosa

CORRESPONSAL EN MOSCÚActualizado:

Vladímir Putin había ocupado ya cargos importantes, entre ellos director del FSB (el antiguo KGB), pero la gente empezó fijarse en él cuando el presidente Borís Yeltsin le puso al frente del Gobierno, en agosto de 1999. Nadie le conocía y a muchos les pareció un hombre apocado e incluso gris. Hasta que pronunció su primera gran frase lapidaria: «nos cargaremos a los terroristas incluso en el retrete».

Aquello empezó a hacerle popular y lo dijo a propósito de los extremistas islámicos chechenos, contra quienes lanzó una segunda guerra. Recuperar Chechenia fue su primera misión y a caballo de la conflagración fue elegido por primera vez al frente de Rusia en marzo de 2000.

Tras su victoria en las elecciones y la buena marcha de la contienda contra los levantiscos caucasianos, no entendió cómo le podían plantar cara los grandes magnates rusos y los medios de comunicación que éstos poseían. Así que les cortó las alas y acabó con la libertad de prensa, al menos en la mayor parte de los canales de televisión. El patrón de la entonces mayor petrolera rusa, Yukos, Mijaíl Jodorkovski, fue a parar a un penal siberiano, en donde pasó 10 años.

Tras la matanza perpetrada por un comando terrorista checheno en la escuela de Beslán (Osetia del Norte), Putin puso fin a las elecciones directas de gobernadores regionales. Mientras, caían acribillados por las balas o envenenados algunos de sus adversarios o periodistas molestos como la reportera de Nóvaya Gazeta, Anna Politkóvskaya o el ex agente secreto, Alexánder Litvinenko. Muchos corrieron la misma suerte que Jodorkovski. En los años siguientes años morirían otros como el ex viceprimer ministro, Borís Nemtsov.

Su dureza con la oposición le granjeó la enemistad de Occidente y más todavía la intervención militar en Georgia de agosto de 2008, siendo él primer ministro. La anexión de Crimea y la ayuda a los separatistas del este de Ucrania terminaron convirtiéndole en blanco de las sanciones y en aspirante a paria internacional.

Y Putin no lo ha digerido. Es un nostálgico de la época soviética, considera culpable a Occidente de la desintegración de la URSS y está convencido de que Estados Unidos ansía hacerse con las riquezas naturales de Rusia. Su lema es no ceder ni un ápice porque, de hacerlo, cree que le tomarán por un líder débil. Este defecto o virtud es el que le hace inflexible ante cualquier negociación. Nunca hasta ahora ha hecho concesiones, lo que está llevando el mundo a una situación peligrosa.

Aunque no lo reconoce abiertamente, es evidente que admira a Stalin y, cómo él, fomenta el culto a su personalidad en todos los terrenos: en el deporte, el cine, la música, los proyectos ecológicos y en todo aquello que le aporte popularidad y aceptación. Pero es un hombre muy solo. Se separó de su mujer y nunca se le ve con ninguna de sus dos hijas. Tampoco con su supuesta nueva pareja, la excampeona mundial de gimnasia rítmica, Alina Kabáyeva. Ama, eso sí, a los animales.