Internacional

Theresa May, la obsesión del control

La primera ministra británica recibe críticas por no saber delegar en su trabajo y querer estar en cada detalle

Theresa May, en una imagen del pasado mes de octubre, saliendo del 10 de Downing Street
Theresa May, en una imagen del pasado mes de octubre, saliendo del 10 de Downing Street - REUTERS
LUIS VENTOSO Corresponsal En Londres - Actualizado: Guardado en:

Tony Blair, primer ministro de 1997 a 2007 y quien a sus 63 años fabula con volver a la política, fue quien introdujo en el Número 10 de Downing Street las «reuniones de sofá». Los asuntos de Estado se despachaban de modo distendido, un poco a la americana, sin reuniones envaradas de vieja escuela. David Cameron siguió en la línea; no faltaba ni un vino en algunas ocasiones. Con Theresa May el ambiente del Número 10 ha vuelto a tres décadas atrás. «La política no es un juego», espetó a sus ministros en la primera reunión de su gabinete. El sofá ha desparecido. Todas las reuniones se efectúan formalmente ante una mesa, con documentos de trabajo previos. El orden y el reglamento imperan. La nevera del vinito ha volado y también la obsesión mediática.

Theresa May, que el pasado 1 de octubre celebró trabajando su 60 cumpleaños, representa el conservadurismo de provincias (los cameronistas de más colmillo, purgados por ella drásticamente, hablan con sarcasmo de «conservadurismo vintage»). Valora por encima de todo la lealtad y el esfuerzo. Es alérgica a la frivolidad, los librepensadores y los originales. Hija de un vicario anglicano, estudió en una escuela selectiva del Estado y llegó a Oxford a base de codos. Los principios firmes y el estajanovismo sin límites son sus armas. Y le han funcionado: siendo una persona poco creativa y de una dialéctica discreta (cuando intenta el humor en los Comunes da un cierto sonrojo), se convirtió en la ministra del Interior que más tiempo ha resistido en el cargo en los últimos cincuenta años.

Cameron, tal vez porque tenía hijos pequeños, era ave diurna. Se levantaba a las cinco y media (seis y media españolas) y repasaba antes de desayunar los papeles de Estado, las famosas «cajas rojas». A May muchos días le dan las dos de la madrugada con las «red boxes». Desciende a cada detalle y preside personalmente cuatro comités de su Gobierno: Brexit, reforma social, política industrial y el consejo de seguridad nacional. Extremadamente desconfiada, necesita saberlo todo y tomar cada decisión.

Tras la sesión de control semanal en los Comunes, Cameron había instaurado la costumbre de quedarse a almorzar con algunos de sus diputados, compadreando en el restaurante del Parlamento. May, una mujer tímida, se marcha apresuradamente, sola o acompañada de algún asesor de su círculo cerrado. Hay que seguir trabajando.

Estajanovista

Damien Green, hoy ministro de Trabajo y que fue su número dos en Interior, la definió así cuando ella llegó al poder en julio: «Es una estajanovista que trabaja más duro que nadie. Es un poco control freak».

Pero lo que Green señalaba como un elogio comienza a sonar a crítica. Una cualidad elemental de un buen líder es saber formar equipos, crear escuela e inspirar confianza para que los colaboradores puedan trabajar autónomamente. May es incapaz por naturaleza de funcionar así. «La primera ministra está adquiriendo rápidamente la reputación de estar en cada detalle para tomar las decisiones por sí misma, lo cual es poco probable que sea sostenible», señalaba a comienzos de la semana pasada un informe de Deloitte sobre el Brexit, fechado el 7 de noviembre y filtrado por The Times y la BBC. Allí también se la acusaba de carecer de un plan para la salida de la UE y de no dotar con suficientes funcionarios a los equipos que habrán de lidiar con Bruselas (el estudio reclamaba 30.000 más). El documento indignó a Downing Street.

En sus días de vicepresidente con Cameron, Nick Clegg apodaba a May «la Reina de Hielo». Otro ministro, el veterano tory europeísta Ken Clarke, la definió como «esa maldita mujer difícil». La primera ministra descansa sobre todo en su staff de confianza, que ya la acompañaba en Interior: su jefa de gabinete, la periodista Fiona Hill, y Nick Timothy, al que apodan su «Rasputín», por el gran ascendiente que sus ideas tienen sobre ella. Timothy reivindica un conservadurismo social, los llamados «tories de cuello azul», salidos de las escuelas estatales y en las antípodas del elitismo de Cameron y Osborne, a quienes apodan con displicencia «el clan de Notting Hill».

Pero tal vez el único consejero del que se fía al completo la «premier workaholic» es Philip, su marido desde hace 36 años, un bróker de la City afable y listo, al que conoció estudiando en Oxford. De él tomó su apellido quien de soltera se llamaba Theresa Mary Brasier.

Sin asesor de imagen

En 2013, a May le diagnosticaron diabetes tipo 1 y se inyecta insulina dos veces al día. Su aspecto es cada vez más ojeroso y espectral. Cuida su vestuario con mimo, pero su austeridad la ha llevado a prescindir también de la figura del asesor de imagen del Número 10 y se peina y maquilla ella misma (días antes de irse, Cameron pretendió otorgar honores reales a la asesora estética de Samatha, su mujer, lo que fue motivo de escándalo).

A pesar de su acusado desgaste físico, May, puritana de vieja escuela con enorme sentido del deber, seguirá leyéndose cada coma. Para desesperación de sus ministros, divididos entre eurófobos y posibilistas ante la UE, el plan de negociació n con Europa sigue encerrado bajo sus siete llaves (si es que lo tiene). Ella sostiene que desvelar ya la estrategia sería otorgar bazas a Bruselas ante lo que será una partida de póquer de dos años. Para bien o para mal, no se fía ni de su sombra.

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