Internacional

Santos y las FARC calman al país al confirmar el alto al fuego

La guerrilla colombiana plantea la necesidad de revisar el pacto para ver dónde hay que «rectificar»

Humberto de La Calle, jefe del equipo negociador del Gobierno en Cuba, presenta su dimisión a Santos

Partidarios del «sí» muestran una bandera de Colombia
Partidarios del «sí» muestran una bandera de Colombia - REUTEURS
Carmen de Carlos Enviada Especial A Bogotá - Actualizado: Guardado en:

Los efectos del terremoto que produjo en Colombia la derrota del Gobierno de Juan Manuel Santos, en el plebiscito del domingo, fueron inmediatos. El presidente colombiano apeló a la unidad nacional para crear un frente común en busca de fórmulas que permitan encontrar una salida a la paz con la guerrilla de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia). Santos convocó una cumbre a la que acudieron representantes de todos los partidos políticos menos del Centro Democrático que lidera el exmandatario Álvaro Uribe, la única formación que hizo campaña por el «no».

El expresidente y actual senador, gran vencedor del rechazo popular a los acuerdos de paz firmados en La Habana, mostró su disposición al diálogo pero, en sus propios términos y no como uno más del pelotón de derrotados. Por su parte, las FARC dieron un respiro a un país sumido en el desconcierto, al anunciar su intención de insistir en la vía política y no retomar de inmediato las armas. El máximo líder de la guerrilla, Rodrigo Londoño, alias «Timochenko», planteó la necesidad de revisar los acuerdos para ver dónde hay que «rectificar».

La sacudida en las urnas, provocada por algo más de 60.000 votos –diferencia entre el «no» (50,23 por ciento ) y el «sí» (49,76)–, se tradujo en la dimisión inmediata de Humberto de La Calle, jefe del equipo negociador del Gobierno Santos. «Asumo plenamente mi responsabilidad política… Los errores cometidos son míos exclusivamente», dijo De La Calle.

Su decisión se produjo después de que Santos encajara el fracaso de su mayor apuesta política y dirigiera un mensaje a la nación de tranquilidad y esperanza, donde anunciaba que el «alto el fuego» se mantendría, que «no se rendía», que dedicaría «hasta el último minuto de mi mandato en buscar la paz» y anunciaba que la delegación que preside De la Calle (la renuncia no se aceptó todavía) viajaría a La Habana a informar a las FARC del actual escenario.

Odio y rencor

La guerrilla más antigua del continente, prácticamente en simultáneo, demostró tener conocimiento preciso de la situación. En un comunicado leído por «Timochenko» arremetió contra «el poder destructivo de los que siembran el odio y rencor» para «influir en la decisión de los colombianos», en clara alusión a Uribe. Dicho esto, calmó a la población al pronunciarse en la línea trazada en los pactos suscritos que hoy son papel mojado. «Las FARC mantienen su voluntad de paz y reitera su disposición de usar solamente la palabra como arma de construcción… La paz triunfará», proclamó. Pragmático y con sentido de la oportunidad, el líder de las FARC envió posteriormente un tuit donde reclama «tener un asiento como fuerza política que trabaja por la paz» en la mesa de diálogo que convocó el presidente Santos. De hecho, el «sí» al acuerdo de paz fue mayoriario en las regiones más castigadas por la guerrilla.

Con más preguntas que respuestas, algunas incógnitas no terminan de despejarse tras el triunfo del «no». Las tropas de la principal guerrilla del país, convencidas, como buena parte de Colombia y del mundo, del triunfo del «sí», marchaban desde la víspera a los 28 enclaves seleccionados en los acuerdos, donde debían permanecer los próximos seis meses, para entregar su armamento y ponerse bajo el paraguas de la misión de Naciones Unidas. Con el resultado adverso su ruta volvía al terreno del misterio.

En el aire quedaba también la voluntad expresada en los pactos de entregar a Unicef a los niños soldados que militan en las FARC o el compromiso –manifestado tarde–, un día antes del plebiscito, de entregar sus «recursos» de «economía de guerra» para la «reparación» de sus víctimas. El andamiaje político y judicial construido para sacar adelante unos acuerdos que ponían a la Constitución colombiana, parcialmente contra las cuerdas, se suma al desmoronamiento actual del proceso de paz.

Entre los reproches que arreciaron contra el presidente de Colombia se incluyó el bochorno internacional al que había sumido al país y a los jefes de Estado, presidentes y autoridades de organismos internacionales, que vistió de blanco junto a las FARC para celebrar un acuerdo de paz que nunca se consumó. Fue Juan Manuel Santos el que vendió la piel del oso de las FARC antes de cazarlo (quizás fue al revés) y fue él mismo, el organizador de aquel festival modelo paz y amor de Cartagena de Indias, que tuvo de testigo hasta al Rey Juan Carlos.

Sin el Nobel de la Paz

Difícil de explicar ahora, al golpe se sumó el descarte de una virtual candidatura a Premio Nobel de la Paz, el sueño de un presidente al que, en rigor, nadie le puede negar que trabajó a fondo para lograrlo.

Por acción y omisión (depende de quien se trate) tampoco quedó bien parada la comunidad internacional, blanco de reproches de los defensores del «no». «Que nos escuchen», insistió Uribe. Su falta de cuestionamiento a los términos de los acuerdos y la asimilación de estos como hechos consumados, deja en un lugar incómodo a la ONU, la OEA y al resto de los gobiernos, instituciones y organismos que actuaron como si los deseos del Gobierno colombiano fueran realidad.

En este contexto, se alzan las voces en Colombia que comparan el Brexit de Gran Bretaña con un plebiscito al que las propias FARC se resistieron. En febrero lo tacharon de «ligereza política» que podía poner en riesgo, como así ha sido, todo el proceso. Ni Cameron ni Santos tenían la obligación de convocar ambas consultas, advierten y recuerdan que Álvaro Uribe, responsable de una pseudoamnistía a los paramilitares de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), durante su Gobierno, asumió el costo político sin recurrir a las urnas. Prudente y sin hacer escarnio del fracaso de su ex ministro de Defensa, Uribe invocó a «un gran pacto nacional» y abogó por un «alivio judicial que no sea impunidad».

En busca de explicaciones que arrojen luz sobre un resultado que la totalidad de las consultoras daban favorable al Gobierno (hasta por el 62 por ciento), el excandidato presidencial del Partido Liberal, Horacio Serpa, estalló: «No me resulta demasiado complicado… Nos derrotaron, derrotaron al presidente, al Gobierno, a la democracia, a todos los partidos políticos menos al Centro Democrático. La paz no vale nada».

Horas más tarde, en frío, anticipó un posible escenario, «un Acuerdo Nacional y llegar a una Constituyente. En las crisis, pasa cualquier cosa, hasta una reunión entre Santos y Uribe», que aún no se ha producido. Otra opción, más viable, sería, como quiere Uribe, seguir con el proceso, pero renegociar los puntos polémicos. El tiempo dirá

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