Internacional

Pulso cainita entre suníes y chiíes por el control de La Meca

Las dos grandes corrientes del islam ahondan su pugna política y religiosa con motivo de la peregrinación anual

Vídeo: Arabia Saudí prohíbe a los iraníes peregrinar a La Meca - ABC
FRANCISCO DE ANDRÉS - Actualizado: Guardado en:

Decenas de miles de peregrinos chiíes de Irán no han podido acudir a la peregrinación anual en La Meca por la falta de acuerdo entre los gobiernos saudí e iraní, que desde hace meses no tienen relaciones diplomáticas. Con ser grave, el veto saudí a la primera potencia chií del islam en la «peregrinación mayor» (el Hach) no es lo peor del conflicto entre Teherán y Riad, guardiana de los lugares sagrados del islam de La Meca y Medina. Lo peor, y lo que indica que las relaciones entre Arabia Saudí e Irán están en su punto más alto de ebullición, han sido las declaraciones a la prensa del máximo líder religioso saudí, el jeque Abdelaziz al Sheij.

El mufti de Arabia Saudí declaró al periódico saudí «La Meca» que los iraníes «no son musulmanes» sino seguidores de cultos preislámicos, vinculados a Zoroastro («el mago») y al panteísmo. La acusación equivale formalmente a una fatua, que acusa a la segunda gran secta del islam –la chií, seguida por más del 10 por ciento de los musulmanes del mundo– de ser en realidad un culto idólatra, merecedor de la pena capital y mucho más despreciable para un «buen musulmán» (se sobreentiende suní) que el cristianismo y el judaísmo.

Días antes, la polémica religiosa entre suníes y chiíes subió muchos enteros cuando el máximo líder religioso iraní, el ayatolá Jamenei –sucesor de Jomeini– afirmó que la «perversa y malvada casta saudí no merece dirigir los lugares sagrados» de La Meca y Medina. La visita a La Meca al menos una vez en la vida es el «quinto pilar» del islam, imprescindible –a menos que medien razones de fuerza mayor– para que todo seguidor de Mahoma, sea suní o chií, pueda alcanzar el paraíso.

Los detonantes

La disputa por el acceso a La Meca entre las dos potencias musulmanas tuvo como pretexto dos hechos recientes. El primero, la estampida del último Hach en La Meca, en septiembre del año pasado, cuando 2.300 peregrinos murieron durante una avalancha. De ellos, 450 eran chiíes de nacionalidad persa. Irán culpó al gobierno saudí de ausencia de medidas de seguridad. Riad dijo con displicencia que las estampidas suelen producirse por los «ritos extraños de los peregrinos chiíes», que crean problemas en el movimiento de los millones de peregrinos que deambulan en espacios muy limitados.  El problema político se convirtió en religioso y encendió la ira de las jerarquías integristas de ambos países.

El segundo incidente fue de naturaleza política. A principios de este año, Arabia Saudí ejecutó a un prominente líder chií saudí, al que acusó de alentar la subversión entre esa minoría del reino. Una multitud de iraníes atacó, en protesta, la embajada saudí en Teherán. La réplica fue la actual ruptura de relaciones diplomáticas.

El Irán chií y Arabia Saudí –regida por la rama más radical del sunismo, la wahabí– han roto en varias ocasiones sus relaciones diplomáticas desde la instauración en 1979 del fundamentalismo en Teherán. Pero la peregrinación a La Meca, sagrada para todo el mundo musulmán, nunca se vio afectada de un modo tan profundo como ahora. A lo largo del año pasado viajaron a Arabia Saudí medio millón de iraníes para lo que se denomina el «pequeño peregrinaje»; y unos 60.000 acudieron en septiembre de ese año al Hach, la gran peregrinación anual, en la que se produjo la estampida mortal.

Clima de intolerancia

El pulso religioso para dilucidar quién representa mejor las esencias del islam se ha trasladado, indirectamente, al campo de batalla, a través de la «guerra por poderes» que libran Arabia Saudí e Irán en los conflictos fratricidas de Siria, Irak y Yemen. En las tres guerras civiles se juega no solo la ambición geoestratégica de Riad y de Teherán por alzarse con el estatus de potencia militar regional, sino también una «guerra de religión» alimentada por las autoridades, para defender aparentemente la causa de las respectivas poblaciones chiíes y suníes. Arabia Saudí ayuda a los rebeldes sirios suníes para protegerles del presunto afán genocida del régimen alauí (chií) de Al Assad, y Teherán emplea armas y voluntarios en favor del régimen chií iraquí con el mismo argumento: evitar la victoria de las milicias suníes del extinto régimen, aliadas con el «califato» suní de Daesh.

Nada nuevo bajo el sol. La división entre chiíes y suníes nació por un problema hereditario —los primeros abogaban por la sucesión de Mahoma por línea de parentesco, y los segundos, más poderosos, por la elección de los califas–, y se consumó en la batalla de Kerbala (actual Irak) en el 680. Desde entonces, la guerra entre suníes y chiíes ha sido una constante histórica. Los seguidores del yerno de Mahoma, Alí, han estado en varios momentos a punto de verse físicamente exterminados por los suníes, y nada indica que el clima de tolerancia interno haya mejorado.

Los chiíes han desarrollado una línea político-religiosa que exalta el caudillismo, y vivieron un momento de éxtasis con la llegada de Jomeini, para algunos precursor del duodécimo imán, el mesías que los chiíes creen que debe llegar para redimirles. Los suníes han respetado en cambio cierta separación entre el poder temporal de los califas(hoy los monarcas del Golfo) y el poder espiritual.

Después de siglos de división y enfrentamiento cainita, se ha producido además una interpretación distinta del modo de vivir el Corán y la Sharía, la ley islámica. Los suníes, por ejemplo, que constituyen casi el 90 por ciento de los musulmanes del mundo, son iconoclastas radicales: detestan cualquier representación de la divinidad y cualquier mediación entre el hombre y Alá. Los chiíes se aproximan en ese terreno más a los cristianos; creen en el poder de intercesión de sus santos, y les rinden veneración en sus santuarios, que son hoy uno de los objetivos favoritos del afán destructivo de los yihadistas de Daesh.

La violencia que enfrenta a suníes y chiíes es particularmente cruel en las guerras civiles de Siria, Yemen e Irak, pero también está presente en Pakistán, Bahréin, Arabia Saudí y el propio Irán, que cuenta con una minoría suní. Controlar La Meca, la ciudad sagrada por antonomasia para todo mahometano, concede al régimen saudí un puesto preeminente en la batalla por ganar las mentes y los corazones. Pero su supremacía se ve hoy contestada por el retorno de Irán a los foros mundiales, el control chií de Irak, y el compromiso ruso con los chiíes sirios.

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