Las (posibles) ventajas de un golpe de Estado

Zimbabue es un ejemplo perfecto de lo que no debe ser un régimen político del siglo XXI. Este golpe ofrece pocas esperanzas de que haya ninguna mejora a corto plazo

Ramón Pérez-Maura
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Siendo larga como es la dictadura de Robert Mugabe, no lo es tanto como la de «el nuestro», Teodoro Obiang Nguema Mbasogo. Obiang tomó el poder el 3 de agosto de 1979 y Mugabe se estrenó como jefe del Gobierno de Zimbabue el 18 de abril de 1980.

En estos treinta y siete años ha conseguido debilitar tanto la fértil y rica colonia que fue Rhodesia, que hoy ya ni el Ejército parece capaz de dar un golpe de Estado con eficacia. Con todo lo negativo que suena el término «golpe de Estado», no necesariamente tiene que serlo. Podría ser una forma quirúrgica de acabar con una tiranía. Como bien explica el maestro Edward N. Luttwak en su obra maestra «Coup d’Etat: A practical handbook» un golpe de estado es una forma de cambiar un Gobierno y puede tener cualquier objetivo. Incluso de establecer una democracia parlamentaria. Desde que los militares ingleses con la ayuda de Guillermo de Orange derrocaron a Jacobo II y pusieron en marcha la evolución de una Monarquía absoluta a una constitucional hay múltiples ejemplos en el mundo de militares derrocando una dictadura y trayendo una democracia. Sin ir más lejos, en el mismo Portugal. Pero hay muchos otros ejemplos como los de Guatemala, Mali o Guinea-Bissau, por ejemplo.

El problema en Zimbabue es que la lucha no parece haber sido entre democracia y dictadura, sino simplemente entre una rama y la contraria del partido Zanu-PF. La mayor parte del Ejército estaba alineada con el recién destituido vicepresidente Emmerson Mnangagwa. Mnangagwa es un compañero de armas, veterano de la guerra de la independencia de la década de 1970, célebre por la represión que empleó en la década de 1980 cuando fungía como jefe de seguridad de Mugabe.

Tan pronto como se fue al exilio días atrás, el jefe de las Fuerzas Armadas, Constantino Chiwenga condenó la purga diciendo que «los que están detrás de estas artimañas traidoras deben recordar que cuando la cuestión es la de proteger a nuestra revolución, los militares no dudarán a la hora de dar un paso al frente». Y enfrente estaba la mujer del dictador, conocida como Gucci Grace. Ella, 42 años más joven que su marido, aspiraba a hacerse con el poder para asentar una dictadura dinástica. Eso es lo que parece haberse resuelto.

Es por ello que este golpe ofrece pocas esperanzas de que haya ninguna mejora a corto plazo de la situación de quiebra y ruina moral a la que ha llevado Robert Mugabe a su país durante estas casi cuatro décadas de despotismo. Nada indica que el Gobierno vaya a dejar de estar centrado en la corrupción y la supresión violenta de toda disidencia política, algo en lo que el propio Emmerson Mnangagwa es un especialista.

Zimbabue es un ejemplo perfecto de lo que no debe ser un régimen político del siglo XXI. Es quizá el más conocido precisamente por haber sido uno de los territorios más ricos del continente africano. Pero se defiende porque hay otros que mantienen formas similares a las suyas.

Los casos actuales son demasiados: Paul Biya de Camerún lleva 42 años, Obiang lleva 38, Sassou Nguesso del Congo lleva 33, Yoweri Museveni de Uganda 31, Omar al-Bashir de Sudán 28… Así que un tipo como Idriss Déby de Chad que lleva 26 años y sólo tiene 65 cree que todavía le queda más mili que a Franco cuando era corneta.

Ramón Pérez-MauraRamón Pérez-MauraArticulista de OpiniónRamón Pérez-Maura