Masahiro Kunishige, superviviente de la bomba atómica de Hiroshima
Masahiro Kunishige, superviviente de la bomba atómica de Hiroshima - PABLO M. DÍEZ

«No necesito la disculpa de Obama, sino el fin de las armas nucleares»

Por primera vez, un presidente de EE.UU visita Hiroshima, que le pide acabar con las 15.000 bombas atómicas que hay en el mundo

ENVIADO ESPECIAL A HIROSHIMAActualizado:

Cuando tenía 14 años, Masahiro Kunishige sobrevivió de milagro a la bomba atómica de Hiroshima. Como miles de estudiantes, el 6 de agosto de 1945 tenía que estar demoliendo casas de madera en el centro de la ciudad para abrir cortafuegos contra las bombas incendiarias de la aviación estadounidense. Pero, de improviso, su grupo fue enviado a cultivar un campo de patatas a dos kilómetros del centro. Justo donde cayó la bomba, su lugar fue ocupado por otros estudiantes de un curso inferior, entre los que figuraba su vecino Shibue Shigeki. Todos perecieron abrasados en el acto.

Hoy, siete décadas después, Kunishige le da una «sincera bienvenida» a su ciudad a Barack Obama, el presidente del país que arrojó aquel artefacto, el más mortífero concebido por el hombre, para forzar la rendición de Japón en la Segunda Guerra Mundial. «Al principio sí odiaba a los americanos por las heridas y quemaduras tan graves que sufrí, de las que tardé tres meses en curarme. Pero, al cabo de diez años, me di cuenta de que no tenía ningún sentido seguir deseando una venganza diente por diente y ojo por ojo», explica a ABC con una sonrisa benévola en el rostro. Para él, «la mayor venganza contra la bomba atómica es impedir que algo así ocurra de nuevo».

Con esta filosofía, se congratula de la visita a Hiroshima que este viernes efectúa Obama, que tilda de «histórica» porque es la primera vez que un presidente en activo de Estados Unidos acude a esta ciudad del sur de Japón. Como escenario del primer ataque nuclear de la Historia, al que siguió tres días después otro sobre Nagasaki, Hiroshima es un símbolo de la lucha contra las más de 15.000 armas atómicas que existen en el mundo, la mayoría en EE.UU y Rusia.

«No necesito la disculpa de Obama, sino el fin de las armas nucleares», asegura Kunishige. Aunque algunos «hibakusha», como se conoce en japonés a los supervivientes de las bombas atómicas, reclaman al inquilino de la Casa Blanca que pida perdón por aquellos ataques, él cree que «lo importante es que Obama conozca la realidad de lo que ocurrió bajo el hongo radiactivo porque eso será el primer paso para la erradicación del arsenal nuclear».

El programa del presidente

Si la lluvia que cae estos días en Hiroshima no lo impide, el presidente estadounidense tiene previsto depositar una corona de flores ante el cenotafio que recuerda a las víctimas de la bomba atómica, donde honrará a todos los muertos de la Segunda Guerra Mundial y abogará por un planeta sin armas nucleares. A continuación caminará hasta la Cúpula de la Bomba Atómica, el único edificio que no quedó arrasado en once kilómetros alrededor de la explosión y cuyas ruinas son un icono del horror que asoló Hiroshima.

Aunque algunos medios locales apuntan que Obama podría reunirse con cuatro «hibakusha», lo que realzaría aún más su imagen como Premio Nobel de la Paz, dicho encuentro no ha sido confirmado. De todas maneras, tampoco puede descartarse porque las autoridades de Hiroshima le preguntaron hace un mes a Masahiro Kunishige si estaba disponible para un evento importante este día, pero él ya tenía previsto un viaje y tampoco era algo seguro.

Esta semana, el gobernador y el alcalde de Hiroshima fueron a Tokio y le pidieron al primer ministro, Shinzo Abe, dicha reunión entre Obama y los «hibakusha». «Para nosotros, lo esencial es que vengan los dirigentes de las potencias atómicas y vean lo que ocurrió aquí para convencerse de la eliminación de las armas nucleares», razona Hirotaka Matsushima, director del Departamento de Promoción de la Paz del Ayuntamiento de Hiroshima. Según reconoce, «en el Gobierno local no estamos preocupados por la disculpa de Obama. Su visita es un hecho histórico y la mayoría de la gente le da la bienvenida».

Protestas contra la visita de Obama

La mayoría sí, pero no todos. En las inmediaciones del Parque de la Paz, fuertemente custodiado por la policía, un solitario ultranacionalista nipón, Toshiyuki Watanabe, protesta con un megáfono contra Obama y reivindica el derecho de Japón a dotarse con armas nucleares, así como a ocupar las islas que se disputa con China y Corea del Sur.

«¡No, no! ¡El mundo debe librarse de las bombas atómicas!», exclama en el contiguo Museo de la Paz Masahiro Kunishige, que tiene ya 85 años. Cuando faltan tres meses para cumplirse el 71 aniversario de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, aún quedan con vida unos 183.000 «hibakusha» como él, con una edad media de 80 años. Por haber sufrido enfermedades derivadas de la radiación, 165.000 de ellos reciben atención médica gratuita y distintas pensiones mensuales, cifradas entre 139.460 yenes (1.134 euros) para los casos más graves y 34.300 yenes (278 euros) para los leves. Entre los pocos afortunados que no ha sufrido cáncer o leucemia figura Kunishige. Sus heridas apenas le dejaron secuelas, más allá de las cicatrices de su brazo izquierdo, pero su tormento le aflige el alma. Todavía se siente culpable por haber sobrevivido mientras sus compañeros, un año más jóvenes, quedaban enterrados bajo una montaña de cadáveres calcinados. Y también por haberle mentido a la madre de su vecino Shibue cuando, al regresar a su casa malherido en un camión militar, le dijo que éste tardaría más porque venía a pie. Por el infierno que había visto en el centro de Hiroshima, sabía que su amigo nunca volvería. A Shibue, irreconocible, solo pudieron identificarlo por su cinturón.