En la muerte de Fidel Castro Nunca seremos ceniza

El escritor cubano Norberto Fuentes asegura que, con la muerte del expresidente cubano Fidel Castro, «el movimiento revolucionario mundial ha perdido su baluarte más emblemático»

Fidel Castro apunta a un jabalí con su fusil de mira telescópica en Sierra Maestra
Fidel Castro apunta a un jabalí con su fusil de mira telescópica en Sierra Maestra - ENRIQUE MENESES
NORBERTO FUENTES - Actualizado: Guardado en:

Ahora habrá metáforas y alabanzas así como las tardías declaraciones de venganza de sus enemigos pero lo cierto es que el movimiento revolucionario mundial ha perdido su baluarte más emblemático desde su fundación, quizá superior al de Lenin sobre la locomotora de la estación de Finlandia el 3 de abril de 1917. La incertidumbre y el vacío se dejarán sentir de inmediato. No se trata de lo que el actual gobierno de Cuba pueda enmendar para seguir adelante o para conseguir más plazos de estadía en el poder, todas esas maniobras de supervivencia que implementarán con más o menos fortuna (pienso, de inicio, que no conocerán de grandes contratiempos), sino de algo que, en justicia, la forma adecuada de llamarle es sagrado: el concepto mismo de la Revolución, de la capacidad de los hombres para concebirla, cómo lanzarla al escenario y luego llevarla a cabo de manera ininterrumpida. Eso no volverá a recuperarse probablemente nunca más.

La vida de Fidel Castro, Fidel Castro con su ajado uniforme de campaña, los bolsillones cargados de papeles, tabacos y mecheros, esa voz entre infantil y rajada y tremebunda, los arcos apocalípticos que describían sus brazos en la furia de cualquier discurso, la barba, la barba rala y de arduo crecimiento en el rostro de un lampiño y que, pese a todo, fue su símbolo junto a un fusil belga de mirilla telescópica, el fusil con el que cobró su primer muerto en la campaña de la Sierra Maestra al efectuar el disparo inicial del asalto del cuartelito de La Plata el 17 de enero de 1957 y volarle la cabeza a un soldadito que se acomodaba en su taburete, es una porción de lo que se nos ha escapado. Un problema, de peso, a considerar para los que nos quedamos vivos. A partir de hoy el sustento y propósito de nuestras vidas se halla en el pasado. En el futuro no existe nada con que superemos lo que ya, en su propio desarrollo cotidiano, era una leyenda. Queda advertido que de ahora en adelante no existirá un puñetero, mediocre político o cabecilla contrarrevolucionario en capacidad de redimirnos. Ningún pueblo puede redimirse dos veces. Lo cierto es que no nos dejó ser ciudadanos comunes, no nos permitió ablandarnos en la abulia de las siestas ciudadanas, y nos convenció que desde los griegos hasta la fecha la única felicidad posible es la que se obtiene alrededor de las fogatas, en los altos bosques, cuando vivaqueas al regreso del combate.

«Tenemos que prepararnos para gobernar este país por lo menos durante 25 años»

Militar, sin duda. Tal su marca distintiva. Victoria militar sobre Batista. Derrota de los yanquis en Bahía de Cochinos. Derrota de Somalia y de Sudáfrica y tropas cubanas dislocadas por cualquier rincón del planeta. Pero tantas aventuras y tanto retozar con la gloria empañan a la postre la visión de algo que subyace en el punto de arranque de toda esta historia suya y del proceso bajo su mando. El origen y la esencia rigurosamente intelectual de Fidel Castro suele ser un asunto a eludir por biógrafos e historiadores. El estudioso, el hombre de gabinete, el hipotético tonto de la colina ensimismado en el disfrute de sus pensamientos resulta una materia incómoda para quienes han hecho una carrera literaria en la fácil disciplina de satanizarlo. No importa donde estuviese el gabinete o si solo era un camastro en una casa de huéspedes o una hamaca entre dos palos de monte. Basta con saber que el humo espeso de una excelente breva criolla le aviva el cerebro ya de por sí dispuesto por una taza de café carretero y que se hallaba bien abastecido de los Lenin y los Stalin por la librería del viejo Partido. La Revolución Cubana fue pensada. Existió primero entre las paredes de la imaginación de este hombre. Un proceso de carácter intelectual poco común en los manejos políticos del área y que muchas veces resultó profético. «No basta con tumbar a Batista —le dijo a uno de sus capitanes, Manuel Penabaz, y a un político de la vieja escuela que se le había sumado, José Pardo Llada, a fines del otoño de 1958—. Tenemos que prepararnos para gobernar este país por lo menos durante 25 años. Primero, para lograrlo, tengo que organizar un ejército de 300.000 hombres. Así los yanquis no van a tener cojones de meterse conmigo».

Fidel entendió como nadie qué era lo caótico tanto en Cuba como en América Latina y que se le identificaba a simple vista. Para empezar, el problema de la tierra, de la propiedad de la tierra. Pero supo ver además que donde esa crisis en perenne acumulación se reflejaba con acuciosidad y con reclamos de urgencia, era en una masa depauperada de campesinos con unos escasos sino inexistentes servicios de educación y salud. Fidel, hijo del terrateniente Ángel Castro, dueño de la mitad de la región de Birán, creció en medio de esas criaturas macilentas, desdentadas, las barrigas reventándoseles por los parásitos. El blanquito proteínico, de piel casi rosada y rojizos cabellos encrespados surgía como un líder natural en aquel cuartón cañero, y su padre latifundista, gallego desconfiado y autoritario, con solo darle la espalda a sus súbditos le daba espacio al niño para que se destacara con cualquier gesto de generosidad hacia el resto de los muchachos, todos pobres, todos costillaje afuera por el hambre. De modo que los problemas a resolver se llamaban salud pública y educación. Lo demás era repartir un poco de tierra, otro poco de comida y alguna ropita.

Aunque, ojo, tampoco permitirse nunca que los caballos se desbocaran. Porque la segunda cosa que supo Fidel Castro —probablemente a las pocas horas de desalojar a Batista del poder y quedarse sin enemigos al menos momentáneamente, hasta que reenganchara la otra bronca con los americanos— es que la solución completa y satisfactoria de los problemas sociales y económicos, estos últimos sobre todo, equivalen a decretar el fin de la Revolución. Por el contrario, la solución inmediata y de acceso gratuito para toda la población de la medicina y la educación se convertirían en los estandartes de su proceso. El dinero a recaudar por el país se destinaría para esas campañas y no para crear desigualdades dentro de la población, y sobre todo —lo realmente peligroso— el surgimiento de los grupos de concentración plutocrática. Soldados. Las revoluciones no se hacen con individuos solventes. Una masa disciplinada de médicos y maestros cubanos desperdigados por América Latina llevan hoy el peso de las ideas revolucionarias a escala continental. Son la defensa de la islita lejana y sus mejores propagandistas. Desde luego que la solución de los problemas internos no era el objetivo final de la Revolución. Eso es algo —en las semanas y meses venideros lo comprobarán— que él deja para los herederos. El idealismo ha terminado. Dedíquense de inmediato a los asuntos materiales. Busquen dinero para sobrevivir, no ideas.

Fidel el gladiador

Hubo audacia y despliegue de ingenio en sus empresas. Pero él sabía combinar estos arranques de intrepidez con la eficacia de un puntilloso control, de no dejar los detalles al libre albedrío, de constantes comunicaciones por radio o teléfono o cifrados con sus comandantes en el terreno. De modo que las características suicidas no aparecían en sus programas y es algo que la nación, en aquellos instantes de grandeza, aún se la deben, a Fidel, como una bendición. Tuvieron gloria pero no la vida estaba en un rango aceptable de riesgo. Evitó la destrucción de punta a rabo de la isla porque actuaba sobre la base de golpes ofensivos medidos con precisión. Véanlo de esta manera: se trata de la conducta que, es razonable, podemos esperar de un sibarita. Oh, como disfrutaba. Gustaba de las mujeres, de las que disponía a su antojo, de los ostiones crudos por cubos, de los helados de chocolate, de la sopa china de la Plaza del Mercado de La Habana espesada con camarones y jamón y tres yemas de huevo flotando en superficie, de las ruedas de queso que no abarcaba en los brazos y, entre los placeres mayores, sus triunfos bélicos.

Olvídense de su continuo hablar de la muerte. Por regla general era una referencia a la mortandad que se causaba al enemigo. Nunca luchó para perder. Y en este orden de naturaleza táctica, siempre actuaba sobre la base de una abrumadora superioridad de fuerzas. Claro que a veces no contaba con ellas, pero lo hacía creer. He aquí otra de sus virtudes. La excelencia de su propaganda, a veces en una extraña mezcla de sueño (abstracción) con objetividad. Empezó con un enviado del The New York Times, Herbert Matthews, en la finquita de Epifanio Díaz, en la vertiente norte de la Sierra Maestra, el 17 de febrero de 1957, al caer la tarde. Hizo pasar a la media luz del crepúsculo a los mismos 20 hombres de su esmirriada guerrilla, que se intercambiaban sombreros y armas, por lo que el veterano periodista creyó contar a centenares de hombres. Así dijo una vez en una reunión secreta con altos oficiales de Seguridad del Estado, a fines de 1975, en el alboroto posterior a su primera victoria en Angola (léase: la ocupación completa por sus tropas de un país once veces y media mayor que Cuba), que la Revolución Cubana no había cometido ningún errores estratégico. Esto, quizá, sea difícil de asimilar si lo vemos solo como una sucesión de maniobras tácticas, pero hay que entender lo que quiso decir. Que la Revolución Cubana y él principalmente tuvieron la capacidad de nunca comprometerse a largo plazo y dejar siempre a su favor un amplio margen de maniobra.

Pero ese Estado Mayor. A esa gente había que amarrarlas cortito. La experiencia histórica indica que un país de guerreros invictos está obligado a ser muy represivo

Por otro lado, como método de aseguramiento, y de cuidarse las espaldas sobre todo en el orden jurídico, si bien es cierto que hizo transcurrir casi toda la Revolución bajo la protección de los conflictos internacionales en los que se metía, tuvo además el tacto y la inteligencia de actuar —es el caso al menos de sus mayores expediciones militares— en conveniencia con los acuerdos internacionales vigentes. Obtenía dos beneficios esenciales de las contiendas. Uno, que alejaba la primera línea de defensa del país. Imagínense la que se hubiese armado en este planeta por un ataque yanqui contra Cuba, digamos a mediados de los 80, cuando tenía los más de 500 tanques de la Sur Agrupación del contingente internacionalista cubano pegados a la frontera de Namibia. Esa gente suelta por toda África y sin comunicaciones con La Habana y a sabiendas de que los yanquis les estaban bombardeando la casa de los padres. Por otro, le ofrecía un sinnúmero de argumentos plausibles a escala internacional, sobre todo en los países del Tercer Mundo, que le veían como (lo que en verdad era, en definitiva) su redentor. Quizá, si de esto se derivó algún efecto negativo para su persona como proyección histórica, fue el de tener demasiadas batallas victoriosas. Tantas, que estaba obligado a repartirlas cuidadosamente entre sus generales. Había que evitar por todos los medios que repitieran una victoria. El peligro mayor inherente residía en que la última batalla significativa que le tuvo al frente de sus tropas fue Playa Girón. Y las emociones y glorias ciertas de aquellos tres días de abril de 1961 sobre un teatro de operaciones definido por dos estrechas carreteras que se comunicaban con dos balnearios a medio construir, Playa Larga y Playa Girón, se alejaban en el tiempo. Se tornaba en historia, es decir, en un material que es útil —o tiene algún peso— solo como puro icono de la propaganda revolucionaria. Y eso si se le sabe emplear. Estaba ocurriendo a casi 14 años del último disparo de aquella batalla cuando las nuevas campañas cobraban una impronta inesperada en la vida de la sociedad cubana, especialmente en amplios sectores de la juventud —los soldados que las integraban— y los altos mandos militares —sus comandantes. Y era algo que, de ninguna manera, Fidel podía desatender. En todo caso porque la presencia militar cubana y las batallas que ganaban, primero en África, luego en Centro América, fueron siempre de mayor envergadura que la de Girón. Exigieron ingentes esfuerzos materiales y comprometer la voluntad (amén de la valentía y la inteligencia) de miles de hombres pero debía evitarse que adquirieran mayor relevancia que Playa Girón. Fidel no estaba allá, disparando cañonazos desde su viejo cañón soviético autopropulsado SAU-100. Cierto que produjo tres guerras teledirigidas antes que la historieta de los yanquis en el Irak de 1991. Y con un teléfono —también soviético— de decodificación automática en las manos fue capaz de ocupar tres países —y por poco cuatro. Pero no había imagen suya. Así que proveería en ausencia toda la que pudo y llenó cuanta pared de Nicaragua, Etiopía y Angola tuvieron delante sus instructores políticos militares. Eran unos pósters enormes que alababan la batalla de Girón y en los que se desplegaba la tan conocida foto suya descendiendo de un tanque T-34 después de cañonear el buque Houston de la brigada invasora. Y de ahí surgieron las derivaciones en los portaestandartes de la propaganda de combate. Angola: Un Girón africano. Nicaragua: la segunda gran derrota del imperialismo yanqui en América. (Ya saben cuál fue la primera.) Y cada una de las oportunidades fue aprovechada en clasificar las victorias de las expediciones como reiteraciones de la obtenida primero en Playa Girón. Sólo El Salvador escapó de conocer tal gloria porque no pudo aprovechar al máximo las últimas semanas de Carter en el poder y se evaporó la poderosa ofensiva que montara allí. (Una sucesión de crisis internacionales y el pobre estado de la economía debilitaron la gestión de la presidencia —entre 1977 y 1981— de Jimmy Carter; sin embargo, esto hizo creer en Cuba que la caída del gobierno salvadoreño podía precipitarse con una ofensiva militar al estilo de la montada cuatro años antes en Nicaragua. Cayó de ese modo en el mismo error tantas veces criticado por Fidel mismo: se preparó para la guerra anterior. El ejército salvadoreño demostró ser mucho más aguerrido y cohesionado que el de Somoza en Nicaragua. Y, por lo menos entonces, con índices muy bajos de corrupción. Por otro lado, las guerrillas salvadoreñas estaban minadas por demasiadas luchas intestinas y Fidel no estaba en capacidad de ponerlos bajo su control de manera tan absoluta como había logrado antes con los nicas.) Y no se trataba de que su ausencia del campo de batalla actuara en detrimento de las acciones. Se trataba en definitiva de cuidar la paz social dentro de Cuba. Los muchachos que iban a combatir voluntariamente a África se podían moldear y a su regreso se les daba tareas y lo incorporabas a alguna brigada de choque de la Unión de Jóvenes Comunistas y les decía, ahora la lucha es construir esta fábrica o sembrar malangas. Pero ese Estado Mayor. A esa gente había que amarrarlas cortito. La experiencia histórica indica que un país de guerreros invictos (como el proceso nos enseña) está obligado a ser muy represivo.

Qué difícil nos resultaba aceptar al anciano ataviado con mono deportivo

Pero hubo algo evidente desde Playa Girón y es esa relación de signo en su destino de guerrero. El destino del tiempo. Una especie de tenso equilibrio siempre en la frontera de la crisis que determinaba sus batallas. En un minuto se decidía el futuro completo. En el Moncada, en la Sierra, en Playa Girón, en Angola. El sino de Fidel. Una categoría aceptable desde el punto de vista del materialismo histórico si lo echamos en el saco de la casualidad. Pero habla también de una paradoja. La del hombre que vivió demasiado tiempo para sus batallas tan rápidas. Y el tiempo extendido conspira contra la gloria. Qué difícil nos resultaba aceptar al anciano ataviado con mono deportivo que se esforzaba por mantener encarrilados sus pensamientos mientras intentaba trasmitirnos los que ya reconocemos como mensajes postreros.

La casualidad. La casualidad como materia. Es la forma más religiosa y de elusivos misterios que usaba para su propio entender de cómo son las cosas y que le —nos— conducen hasta los confines de la materia, unos confines que son su origen y que los astrónomos dan en llamar el Big Bang cuando concluyen que materia y tiempo son la misma entidad y que se requirió de un suma de casualidades y de que hubiese un espacio y un tiempo para producirse, y por lo que Fidel Castro Ruz, pedestre criatura resultante de esos polvos siderales que navegan en la inconciencia de lo infinito, cuando —en su época de fumador— degustaba uno de los lanceros Cohíba de su producción personal, o calentaba el caldo dorado de un buen coñac, en la madrugada, a socaire de la corriente del Golfo, a bordo de El Pájaro Azul, o en unos de sus chalet de la Sierra Maestra, sólo aunque sabiéndose bien protegido por sus infalibles escoltas parapetados en los alrededores, se sentía sobrecogido y triste, de muchas maneras triste, más perturbado aún por ser un conspirador, por ser un hombre que planea, al tener que aceptar, él, y todo lo que le rodeaba, y que estaba contemplando, como producto de la casualidad.

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