Mitin de Angela Merkel en Torgau
Mitin de Angela Merkel en Torgau - REUTERS

El mitin más difícil de Merkel

La canciller alemana tuvo que enfrentarse a los gritos y pitidos de los asistentes que le reclamaban que se fuera

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«Al contrario, es necesario ir a hacer campaña allí donde pueden escucharse esos gritos», dijo Angela Merkel, ante la advertencia de que el mitin de anoche podría ser muy complicado. En Torgau, bastión de la extrema derecha y población hostil con los partidos mayoritarios alemanes, se esperaba a la canciller alemana con beligerantes pancartas y muchos silbatos. El ambiente destilaba agresividad y los responsables de seguridad no las tenían todas consigo. Para colmo, hacía un tiempo de perros. Merkel pidió solamente que le trajeran su impermeable de color negro. Sujetó con firmeza un paraguas con la mano izquierda y atravesó a pie la plaza del pueblo, abriéndose paso entre la multitud y estrechando la mano derecha a todo aquel que quería saludarla, que fueron poco más de cien personas. A su alrededor, pitidos y gritos de «Hau ab» («Vete») a los que contestaría después, desde el escenario.

Torgau, una ciudad de Sajonia de unos 20.000 habitantes y a orillas del Elba, en la Alemania del Este, aparece en los libros de historia porque fue el punto donde tuvo lugar el histórico encuentro entre el ejército soviético y los soldados estadounidenses en abril de 1945. Su nombre no había vuelto a aparecer en los periódicos hasta la crisis de los refugiados, cuando se convirtió en la cuna del movimiento nacionalista de extrema derecha y anti extranjeros Pegida (Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente), cuyos seguidores forman hoy la base electoral del partido anti europeo Alternativa para Alemania (AfD). También es Torgau uno de los lugares favoritos de reunión de los moteros nacionalistas rusos autodenominados «lobos de la noche», una presencia que Polonia considera amenazante tan cerca de su frontera. Sobre por qué en esta región de la ex Alemania comunista la población ha percibido con tanto terror la llegada de los refugiados, a pesar de que porcentualmente el fenómeno prácticamente no les afecta, se han escrito páginas y páginas durante los últimos dos años. Pero el hecho es que si había un mitin electoral difícil para Merkel, era el de Torgau.

En una calle adyacente a la plaza mayor, la Schlosstrasse, se había organizado dos horas antes del inicio del acato la «resistencia» a la canciller, incluido el reparto de carteles hostiles gratuitos. Voluntarios que vestían la camiseta del «Spektrum Aufrechter Demokraten» (Espectro de los Demócratas Reales), repartían instrucciones para distribuir silbatos y organizar la pitada de recibimiento, de modo que cuando llegó Merkel el ambiente estaba ya bien caldeado.

La canciller abrió su discurso recordando la cita que acababa de mantener, en Berlín, con opositores venezolanos. «En otros países los ciudadanos se alegrarían de poder manifestarse tan abiertamente como ustedes, en estas condiciones democráticas», señaló. «En Alemania, por suerte, disfrutamos de una democracia y elecciones libres», subrayó, «tenemos la elección de intentar sacar adelante a Alemania solamente con gritos e insultos o de trabajar juntos por Alemania». Recordó a las víctimas de los atentados de Cataluña, del pasado 17 de agosto, y también al pequeño Aylan, el niño sirio muerto hace dos años en una playa turca. Expuso los grandes retos a los que se enfrenta Alemania, retos que, dijo, solamente puede asumir conjuntamente con los socios europeos. Aludió al bienestar del que disfrutan los alemanes y defendió los logros de su gobierno en la lucha contra el desempleo, también en el este del país, para terminar tras media hora larga de discurso, pidiendo el voto. «No den por decidida la elección a pesar de lo que digan las encuestas. No podemos regalar ni un voto. Si quieren que siga siendo su canciller otros cuatro años, denme su confianza el 24 de septiembre», solicitó ante un público entre el que no cesaban los abucheos de del que ella apenas lograba ver más que paraguas, capas de lluvia pancartas muy trabajadas, con montajes fotográficos insultantes y en las que lo menos agresivo que se leía era «Merkel, vete a Siria».

El presidente de Sajonia, Stanilslaw Tillich, también de la CDU, atendía a los medios de comunicación a pie de escenario. «Estas personas no están en situación de exponer sus ideas en un debate democrático, solo son capaces de hacer ruido, pero este país no prosperará haciendo ruido, sino intercambiando ideas, votando y trabajando juntos por el futuro», respondía a los silbidos.

Desde la CDU se observa con preocupación la tendencia al alza que los nacionalistas de AfD están registrando en las encuestas en las últimas semanas. La formación islamófoba y antieuro ha escalado desde el 7% hasta el 10% en el último sondeo del instituto demoscópico Insa. Un 10,5% de los alemanes votaría hoy por AfD, lo que convertiría al partido en la tercera fuerza política de Alemania. La revista Compact, órgano oficioso de AfD con sede en Leipzig, ciudad vecina a Torgau, celebraba esta encuesta al grito de «¡Ya estamos ahí!» en el mismo número en el que llamaba a protestar en Torgau contra la canciller. También ha promovido desde sus páginas la presentación ante Fiscalía federal de más de mil denuncias procedentes del entorno de AfD y acusando a la canciller «alta traición» por haber abierto la puerta a los refugiados. Las denuncias tienen nulas perspectivas de salir adelante, según la Fiscalía, por carecer de fundamento, pero sobre su existencia se basaba el grito de «traidora al pueblo» que Merkel hubo de escuchas anoche en reiteradas ocasiones.

Tras todo ese despliegue de hostilidad, está la secreta esperanza por parte de AfD de que la CDU de Merkel los llegue a considerar socios de gobierno, única vía por el momento de obtener relevancia política en Alemania. Pero Merkel lo tiene muy claro y así lo ha afirmado a lo largo dela campaña: «Nunca, esto es inamovible, habrá acuerdos con AfD».